Sin piedad (2026) parte de una premisa maravillosa: imagina despertar acusado de un crimen que no recuerdas haber cometido y descubrir en ese instante que tu destino no depende de jueces ni jurados, sino de una IA de voz calmada y con la empatía más fría que estos días. Y esto es algo muy potente, sobre todo si comprobamos cómo en nuestro mundo no estamos tan lejos de llegar a ello.
Con la batuta de Timur Bekmambetov y protagonizada por Chris Pratt y Rebecca Ferguson, la película se inscribe en ese género de ciencia ficción distópica que aspira a hacernos reflexionar sobre los límites que estamos dispuestos a traspasar por nuestra seguridad. ¿Y nosotros qué hemos decidido? ¿Nos hemos vendido a las redes de datos para nuestra justicia? Solo hay una manera de saberlo, seguidnos en nuestra crítica de Sin piedad.
Te quedan 90 minutos para demostrar tu inocencia. ¡Aprovéchalos!
En un futuro que parece más cercano de lo que parece, Mercy, una IA diseñada para impartir justicia, ha reemplazado todo el aparato judicial de Los Ángeles. Con ella se ha logrado rebajar la delincuencia en la ciudad y su funcionamiento va viento en popa para los correctos.
Aunque todo va a cambiar el día en el que Chris Raven -Chris Pratt- despierta esposado a una silla. Él, antiguo colaborador del sistema, está acusado del asesinato de su esposa y no recuerda nada de ese momento. Comienza entonces una carrera contrarreloj en los que tiene que acabar demostrando su inocencia con la ayuda de la Jueza Maddox -Rebecca Ferguson-, una IA que le permitirá acceder a todos los recursos disponibles que necesite y evitar así su casi inevitable final. Lo que al principio parece algo esperado, pronto dará un giro en el que todo el sistema podrá acabar tocado (y casi hundido).
Sin piedad apuesta por una presentación minimalista, con gran parte del metraje transcurriendo en un único espacio, con el protagonista inmovilizado y siendo los gráficos que le rodean el verdadero atractivo óptico de gran parte de la película: pantallas superpuestas, interfaces flotantes y cámaras omnipresentes. No se puede negar que visualmente no sea impactante, llevándonos de la mano entre escenas y atrayendo la atención hacia lo que la historia quiere, evitando que, en muchos casos, seamos conscientes de algunos trompicones narrativos que resultan extraños.
La premisa, como se ha dicho, es algo fascinante, pero que, aunque su ritmo es adrenalítico, se queda a medio gas, pudiendo haber explorado más gran parte de los dilemas que se van abriendo en la historia. También lo digo, con las palomitas en la mano, no se le puede acusar a Sin piedad el ser aburrida, ya que la intriga por los diferentes pasos y las conversaciones de Raven con Maddox, en las que muchas veces dudas de sus intenciones, te mantienen atento a cómo irán solventando todo. No sorprende el final por lo que ocurre con el protagonista, sino por la bola de nieve que ha ido generando a través de esa investigación que realiza Chris.

Y hablando del protagonista, Chris Pratt asume uno de los retos interpretativos más singulares de su carrera. El registro cambia por completo a como lo tenemos casi encasillado hasta el momento, estando sentado la mayoría del metraje y obligado a utilizar su expresión y sus palabras para verbalizar cada uno de sus sentimientos. Acaba cumpliendo con solvencia, aunque podría pedírsele mucho más al personaje y su trasfondo.
Por su parte, Rebecca Ferguson (Dune 2) ofrece una interpretación contenida, pero dentro de lo esperable al interpretar a una IA fría que utiliza los datos para tomar decisiones. No es una villana en Sin piedad, pero logra conseguir ese aire perturbador a través de la calma y la cortesía que demuestra con el protagonista.
El frío de las máquinas (y de la justicia)
El auge de las IAs en la actualidad ha llevado a muchos a debatir sobre la importancia de la empatía, del toque humano frente a la eficiencia. En este caso vemos cómo el color seleccionado nos recuerda esa frialdad propia de las películas de ciencia ficción donde la tecnología toma gran protagonismo. Y no es de menos, ya que gran parte de la cinta ocurre en un espacio donde descubrimos el poder de una tecnología capaz de sorprendernos a través de visuales muy bien integrados (con alguna escena muy lograda, como una con el fuego tras una explosión).
Por su parte, la banda sonora pasa prácticamente desapercibida, acompañando sin molestar y casi diría que es una decisión intencionada, permitiendo que sean las voces de los personajes o la propia IA, con los diferentes efectos, los que recogen ese protagonismo y son los que acaban generando esa tensión y necesidad de actuar que Sin piedad aprovecha con acierto.
Conclusión de Sin piedad: adrenalina para disfrutar con palomitas
Con Sin piedad nos encontramos con una película que plantea muy buenas ideas y que trabaja muy bien con el ritmo y la intriga, pero que no logra desgranar sus premisas para ofrecer un gran producto trascendental. Tampoco es algo que parezca importarle, ya que pronto ese concepto inicial se convierte en una herramienta más de la trama para lograr contar esa historia que parecía oculta. No negaré que el final parece querer mostrar un cierto aprendizaje, pero se siente escaso ante todo lo visto.
Lo que sí que no puedo dejar de valorar positivamente es el gran trabajo que logran los dos actores protagonistas, junto con esa atmósfera casi opresiva y solitaria que los rodea en multitud de escenas. Sin duda, no estamos ante algo rotundo, y creo que han elegido antes ser un thriller adrenalítica que buscar esa reflexión profunda. Eso sí, con todo lo dicho, también defiendo que es una película muy interesante y muy disfrutable.
Sin piedad llega a los cines españoles el 23 de enero de 2026. Y yo me pregunto… ¿Seríamos capaces de sobrevivir esos 90 minutos con calma?
Hemos podido ver Sin piedad en preestreno gracias a Sony Pictures, a quienes agradecemos su invitación.
Sin Piedad
Sin piedad es una película con una gran premisa y grandes actuaciones, pero que no logra explotar todo el potencial que presenta. Aun así, es muy entretenida y disfrutable.

