Saca una infusión —o tu bebida preferida— y prepara el mando… pero también la cabeza.
Porque Sigo Mañana no es un libro para hablar solo de consolas, gráficos o generaciones. Es un ensayo que se atreve a formular la pregunta incómoda que muchos preferimos esquivar mientras añadimos otro título al backlog:
¿seguiremos jugando mañana… tal y como lo hacemos hoy?
Sigue leyendo para sumergirte en la propuesta interesante y reflexiva que nos lanza Martín Gamero, una mirada a la cara B del pasado y el porvenir del videojuego que invita a pensar más allá del hype.
Martín Gamero Prieto —Kentinel Studios— nos invita a recorrer más de cincuenta años de historia del videojuego para entender algo mucho más grande que una simple industria. Desde los primeros experimentos electrónicos hasta la guerra geopolítica por los chips, desde la revolución digital hasta la desaparición silenciosa del formato físico, este libro no se limita a mirar atrás con nostalgia… mira hacia delante con cierta inquietud.
Aquí no hay romanticismo vacío. Hay datos, contexto, política, hardware, decisiones empresariales y una reflexión constante sobre hacia dónde se dirige el medio que tanto nos define como generación.

Porque el videojuego ya no es solo ocio. Es cultura. Es economía. Es poder blando. Es propaganda. Es negocio. Y, quizá, también es un campo de batalla invisible.
Sigo Mañana no busca alimentar el hype. Busca ordenar el caos. Y eso, en 2025, casi se siente revolucionario.
Sigo Mañana nos da la cara B del videojuego – De industria del ocio a campo de batalla cultural
Los primeros capítulos del ensayo no se limitan a enumerar fechas o consolas: contextualizan el nacimiento del videojuego dentro del mundo que lo vio crecer, y aquí es donde brilla. Guerra tecnológica, semiconductores, tensiones económicas… El ocio digital nunca estuvo aislado de la realidad que lo rodeaba. Y esa perspectiva cambia la forma en que miramos su historia.
El libro muestra el progreso del sector —hasta competir con el cine en relevancia y facturación— pero también su fricción constante: demandas entre empresas, disputas por regalías y guerras comerciales que moldearon tanto el medio como sus propias narrativas. La industria maduró, sí, pero no de forma limpia ni romántica. Y es precisamente en esa contraposición donde más brilla el texto de Martín Gamero, porque no se limita a ofrecer datos ni a imponer opiniones: expone las dos caras de la moneda y deja que el lector, casi sin darse cuenta, vaya construyendo su propia reflexión.
Incluso las eternas peleas de patio quedan desactivadas. Mario y Sonic no eran una cuestión de superioridad —lo siento por el Naota de los ochenta defendiendo al puercoespín azul—, sino de filosofía: calma y exploración frente a velocidad y frenetismo. Lo mismo ocurre cuando se observan los datos de ventas entre la Super Nintendo Entertainment System y la Sega Mega Drive: Japón no fue Estados Unidos, y el mercado nunca fue homogéneo.

También hay espacio para la nostalgia. Las 300 pesetas para alquilar un juego el fin de semana, la carrera después del colegio, la ilusión concentrada en dos días. Pero el ensayo no se queda ahí: recuerda la piratería, los intentos de control de Nintendo y las tensiones legales que acompañaron esa etapa. El recuerdo es cálido; el contexto, mucho más complejo.
Estos primeros capítulos dejan claro algo esencial: el videojuego nunca fue solo entretenimiento. Siempre fue industria, estrategia y cultura en conflicto. Y entender esa cara B es clave para preguntarnos qué nos espera mañana.
Una narrativa que observa, no sentencia
Uno de los grandes aciertos de Sigo Mañana no está solo en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta. Martín Gamero no adopta el tono del profeta ni el del nostálgico enfadado. Tampoco cae en la celebración acrítica del progreso. Su voz es la de alguien que ha mirado el recorrido del videojuego con distancia suficiente como para detectar patrones… y con la pasión suficiente como para que importe.
El ensayo no se construye desde la sentencia, sino desde la exposición. CD frente a cartucho. 3D frente a 2D. Digitalización como comodidad… y como reconfiguración del poder. El libro va colocando las piezas sobre la mesa sin decirte cuál debes elegir. Y en ese gesto hay algo muy inteligente: convierte la lectura en diálogo.

Hay momentos en los que la sensación es casi generacional. Como si autor y lector estuvieran sentados viendo pasar décadas de evolución tecnológica, recordando aquella obsesión noventera por lo “digital” o aquella carrera por abrazar el 3D aunque todavía fuera tosco. No hay burla hacia el pasado. Hay curiosidad. Y, a veces, una ligera ironía cómplice.
Esa forma de narrar hace que el libro no se sienta como una lección, sino como una conversación estructurada. Te ofrece datos, contexto político, decisiones empresariales y cambios tecnológicos, pero siempre deja espacio para que tú completes la reflexión. No te dice qué pensar sobre la digitalización, el modelo de suscripción o la amortización del ocio, concepto que me parece la mar de interesante y que daría para un ensayo exclusivamente de esto (aquí sale el Naota currito de Finance); simplemente te da las herramientas para que lo pienses.
En un momento histórico en el que el discurso suele polarizarse —o todo es catastrofismo o todo es hype—, esa posición intermedia casi se siente radical. Sigo Mañana no busca convencerte. Busca que entiendas. Y esa diferencia lo convierte en algo más que un repaso histórico: lo convierte en una invitación a mirar el videojuego con mayor conciencia.
Contexto, capital y tecnología: entender el tablero completo
Uno de los mayores méritos de la obra, en mi humilde opinión, es que nunca trata el videojuego como un fenómeno aislado. No es una historia de consolas, sino una historia de estructuras. Guerra Fría, nacimiento de Internet como red descentralizada, caída del precio de la RAM en los noventa, explosión del PC gaming con la llegada de Steam… cada hito tecnológico aparece ligado a un contexto económico y político más amplio.
El videojuego nunca creció aislado: creció al ritmo de la tecnología, del capital y de las tensiones del mundo real
El libro deja claro que el videojuego no creció solo por creatividad. Creció porque confluyeron infraestructuras, inversión y oportunidad histórica. El salto al 3D, por ejemplo, no fue únicamente un avance visual: disparó los costes de desarrollo y obligó a profesionalizar equipos, estandarizar herramientas y apoyarse en motores como Unreal Engine. La industria dejó de ser artesanal para convertirse definitivamente en industrial.
Al mismo tiempo, mientras el CD abarataba los costes de producción física, el desarrollo se encarecía. El riesgo aumentaba y, con él, la necesidad de vender más. El videojuego empezó a parecerse al cine no solo en ambición narrativa, sino en estructura financiera. La entrada de capital, las adquisiciones y la consolidación empresarial no son anécdotas: son parte del ADN contemporáneo del medio.
Incluso el auge del PC gaming y servicios como Xbox Live redefinieron algo más profundo que la forma de jugar online: redefinieron la identidad del jugador. El gamertag, los logros y las cuentas persistentes transformaron el juego en perfil, historial y ecosistema. Ya no era solo una experiencia puntual; era pertenencia a una red.

El ensayo no dramatiza estos cambios, pero sí los conecta. Cada avance técnico lleva consigo una redistribución del poder: quién controla la plataforma, quién controla la distribución, quién controla el acceso. Y cuando se observa el recorrido completo, el videojuego deja de parecer una sucesión de generaciones y empieza a revelarse como un tablero en constante reconfiguración.
Jugar mañana: propiedad, suscripción y la ilusión de control
Si los primeros bloques del libro nos ayudan a entender cómo hemos llegado hasta aquí, el tramo final es el que deja una pregunta suspendida en el aire: ¿qué significa realmente jugar mañana?
Aquí el ensayo entra en terreno contemporáneo. La desaparición progresiva del formato físico, la normalización de la compra digital y el auge de los modelos por suscripción no se presentan como catástrofe, pero tampoco como progreso incuestionable. Se presentan como lo que son: un cambio estructural en la relación entre jugador e industria.
Nos acostumbramos a llamar comodidad a lo que, en realidad, era una redistribución del control
Antes comprábamos objetos. Ahora adquirimos licencias. Antes acumulábamos estanterías; hoy acumulamos bibliotecas digitales vinculadas a cuentas. El soporte desaparece, pero el precio apenas varía. Y es ahí donde aparece esa idea provocadora del “gran engaño”: la digitalización se vendió como comodidad y sostenibilidad, pero no necesariamente como reducción de coste para el consumidor.

Al mismo tiempo, el libro introduce una reflexión que resulta incómodamente familiar: la amortización del ocio. Medimos el valor de un videojuego en horas por euro, comparamos su rentabilidad con una entrada de cine, exigimos duración, contenido y retorno. Sin darnos cuenta, aplicamos lógica financiera a la experiencia cultural. El juego deja de ser solo experiencia y pasa a ser activo que debe justificar su inversión.
En paralelo, los servicios por suscripción y los ecosistemas cerrados refuerzan una dinámica distinta: el acceso continuo frente a la propiedad puntual. Plataformas, cuentas, catálogos infinitos. Todo disponible… siempre que permanezcas dentro del sistema. La descentralización que vio nacer Internet convive hoy con una concentración creciente del control en manos de unas pocas compañías.
Sigo Mañana no grita que el modelo actual sea insostenible. Tampoco celebra la transición digital como inevitable victoria del progreso. Lo que hace es algo más sutil: mostrar el patrón. Cada avance tecnológico redistribuye poder, cada comodidad tiene una contrapartida, cada salto de generación implica una renuncia.
Y al cerrar el libro, la sensación no es de alarma, sino de conciencia. Entiendes mejor cómo funciona el tablero. Y quizá, la próxima vez que pulses “comprar”, lo hagas sabiendo que no solo estás adquiriendo un juego, sino participando en un modelo mucho más amplio.
Conclusión – Jugar con conciencia
Cerrar Sigo Mañana no se siente como terminar un libro sobre videojuegos. Se siente más bien como terminar una conversación honesta sobre algo que forma parte de nuestra identidad.
Porque, si eres de los que crecieron defendiendo a Sonic en el recreo, ahorrando 300 pesetas para alquilar un cartucho o comparando horas de juego para justificar una compra, este ensayo no te habla desde fuera. Te habla desde dentro. Te reconoce. Y luego te invita a mirar el tablero completo.
El libro no me ha dejado preocupado. Me ha dejado consciente.
- Consciente de que el videojuego nunca fue solo ocio.
- Consciente de que cada salto tecnológico tiene un coste invisible.
- Consciente de que la comodidad digital no es neutra.
- Consciente de que medir la diversión en euros por hora dice más de nosotros de lo que pensamos.
Pero también consciente de algo importante: seguimos jugando. Y seguimos haciéndolo porque el videojuego, con todas sus tensiones económicas, tecnológicas y culturales, sigue siendo uno de los espacios más creativos y expresivos de nuestro tiempo.
No salgo de este libro con miedo. Salgo con la sensación de que, para seguir jugando mañana, primero hay que entender a qué estamos jugando hoy
Sigo Mañana no busca que abandones el mando. Busca que lo sostengas con mayor claridad.
Y quizá esa sea la verdadera revolución en 2025: no jugar más, ni jugar menos, sino entender mejor qué significa hacerlo.
Porque sí, seguiremos jugando mañana. La pregunta es si sabremos exactamente a qué estamos jugando.
Ficha técnica del libro
Título: Sigo Mañana
Autor: Martín Gomero Prieto
Editorial: Kentinel Studios
Formato: 13,97×21’59cm — 182 páginas — Tapa blanda
Precio libro en papel + ebook: 21,95 euros desde la web oficial
Precio ebook: 5,95 euros
