Mirar al cielo nocturno siempre ha sido el ejercicio de humildad más antiguo del ser humano. Hay algo en la inmensidad del vacío, en ese silencio gélido salpicado de luces que murieron hace millones de años, que nos empuja a hacernos las preguntas de siempre: «¿quiénes somos?, ¿hacia dónde vamos?» Y, sobre todo, ¿qué hay más allá del siguiente horizonte? Starfield nació con la ambición de ser la respuesta digital a ese anhelo universal, algo que ya os contamos en su momento en nuestro análisis de Starfield en Xbox Series, juego del que también podéis consultar su guía. Bethesda nos prometió el cosmos en la palma de nuestra mano, un lienzo infinito donde escribir nuestra propia odisea espacial.
Aún así, tras años de espera y un desembarco en PlayStation 5 que muchos creyeron que jamás sucedería, nos encontramos con una paradoja tan vasta como la propia Vía Láctea: un juego que te permite tocar las estrellas, pero que a menudo te obliga a mirar de cerca las grietas de su propia estructura.
Hemos querido tomarnos nuestro tiempo para publicar este análisis. Exactamente un mes y cuatro días han pasado desde aquel 7 de abril de 2026 en el que, por fin, el título de Todd Howard rompió las cadenas de la exclusividad para aterrizar en nuestros sistemas. No ha sido una espera por capricho. Decidimos pausar nuestra valoración a la espera de esos parches de estabilidad que Bethesda prometió. Queríamos ver si la experiencia en PS5 Pro, nuestra plataforma de pruebas, lograba alcanzar esa velocidad de escape necesaria para alejarse de los problemas que empañaron su estreno original.
La realidad, tras semanas de navegación y algún que otro cierre inesperado al menú de inicio, es que aunque la situación ha mejorado, los «crasheos» siguen siendo ese polizón molesto que se niega a abandonar nuestra nave. Menos frecuentes, sí, pero lo suficientemente presentes como para recordarnos que, en el espacio de Bethesda, nadie puede oír tus gritos de frustración cuando el juego se congela justo antes de guardar partida.
Entrar en Starfield hoy es sumergirse en una maravilla empañada. Es imposible no quedarse boquiabierto ante la escala de lo que tenemos delante, pero es igualmente imposible ignorar un apartado gráfico que, en pleno 2026, empieza a mostrar unas costuras evidentes. A pesar del músculo de la Pro y de las bondades del PSSR (que en este juego es más bien anecdótico), hay algo en la tecnología de este motor que se siente heredero de una época que ya deberíamos haber dejado atrás. Y luego están ellos: los tiempos de carga.
En una generación definida por el fin de las esperas gracias a los SSD, Starfield sigue troceando su universo en pequeñas estancias separadas por fundidos a negro. Esa fragmentación constante es el ancla que impide que la inmersión sea total; es el recordatorio de que, a veces, el viaje no es tan fluido como las estrellas que vemos desde la cabina de nuestra Frontier.
Estamos ante un título mastodóntico, una obra que intenta abarcar tanto que, inevitablemente, termina apretando poco en ciertos aspectos fundamentales. En nuestro análisis, no solo vamos a analizar si el viaje merece la pena, sino si Bethesda ha logrado, tras tres años de rodaje y expansiones como Shattered Space y la reciente Terran Armada, entregar el juego que el universo de los videojuegos se merece. Abrochaos el cinturón, ajustad la presión de la cabina y preparaos, porque nuestro viaje por los Sistemas Asentados no ha hecho más que empezar.
La historia de Starfield
Hablar de la trama de Starfield en 2026 es muy diferente a como lo hacíamos en sus primeros meses de vida. Lo que empezó como un «viaje de arqueología espacial» un tanto pausado —para nosotros, lento— ha terminado convirtiéndose en un mosaico narrativo complejo gracias a las expansiones. Pero, para entender hacia dónde vamos, primero tenemos que recordar de dónde venimos: de ese momento en las minas de Vectera donde, tras tocar un extraño trozo de metal, nuestra percepción de la realidad cambia para siempre.
El despertar de Constelación y la llamada de los Artefactos
La premisa sigue siendo la misma: somos el último recluta de Constelación, un grupo de exploradores que parecen sacados de una novela de Julio Verne. Nosotros, como jugadores, nos vemos envueltos en la búsqueda de los Artefactos, unas piezas de origen desconocido que, al unirse, forman el Armilar.
Si somos sinceros, el arranque de la historia sigue pecando de una lentitud que inquietaría a los más impacientes. Bethesda juega a fuego lento, presentándonos a compañeros como Sarah Morgan o Sam Coe, cuyos arcos personales son interesantes pero a veces se sienten encorsetados en una escritura un tanto conservadora. La gran pregunta de «¿qué hay ahí fuera?» es el motor que nos mueve, pero durante las primeras quince horas prácticamente, la respuesta parece algo secundario. En cambio, cuando la trama hace «click» y descubrimos la existencia de los Estelares, el juego pega un volantazo hacia la ciencia ficción metafísica que nosotros agradecemos profundamente.
El dilema moral de la Unidad
No podemos hablar de la historia de Starfield sin entrar en el concepto de la Unidad. El New Game+ de este juego no es simplemente una opción de menú; es una decisión narrativa y, por qué no decirlo, filosófica.
¿Qué estarías dispuesto a dejar atrás para alcanzar el conocimiento absoluto? ¿Vale la pena abandonar tus relaciones, tus logros y tu propio universo para convertirte en algo… más? Esta reflexión sobre la ambición y la pérdida de humanidad es, sin duda, lo mejor que ha escrito Bethesda. Nos hemos visto dudando frente al portal, mirando hacia atrás y preguntándonos si el poder de un Estelar compensa el vacío de empezar de cero en una realidad donde nadie nos conoce. Es una metáfora brillante sobre la propia naturaleza de los videojuegos y nuestra obsesión por completarlo todo, aunque el precio sea la propia identidad del personaje que hemos construido.
Sin embargo, hay que ser críticos: a pesar de estas capas de profundidad, la narrativa sigue sufriendo por su estructura fragmentada. Las misiones de facción (como la de la Vanguardia de las CU, que nos sigue pareciendo mejor que la propia trama principal) a menudo se sienten como compartimentos estancos. Nos gustaría que nuestras acciones en una parte de la galaxia tuvieran un eco real en las demás, algo que, a pesar de los parches y las actualizaciones de 2026, sigue sintiéndose como una asignatura pendiente para el equipo de Todd Howard.
¿Qué tal se juega a Starfield en 2026?
Controlar a nuestro personaje en la última IP de Bethesda es una experiencia de contrastes. Por un lado, nos encanta la verticalidad que aporta el «jetpack» y cómo la gravedad de cada planeta altera nuestra movilidad. No es lo mismo explorar una luna muerta saltando cientos de metros que intentar movernos con agilidad en un planeta de alta gravedad bajo una tormenta de arena. Esa sensación está muy bien lograda, pero lamentablemente choca de frente con el que sigue siendo el punto más flojo del título: el combate directo.
Un «shooter» genérico en un universo extraordinario
Siendo directos, el gunplay de Starfield nos sigue pareciendo uno de sus mayores lastres. A pesar de que Bethesda ha intentado pulir las sensaciones, carece de la contundencia y la profundidad que encontraríamos en referentes del género. Disparar en Starfield se siente, a menudo, como una tarea rutinaria. Las armas, aunque visualmente variadas y con un diseño artístico de «NASA-punk» muy cuidado, no transmiten ese «peso» o esa satisfacción mecánica al apretar el gatillo.

Nos encontramos con enemigos que, en lugar de comportarse de forma táctica, suelen ser esponjas de balas con una IA que, incluso en 2026, sigue dejándonos momentos de absoluta perplejidad. Ver a un mercenario de la Flota Carmesí quedarse quieto mientras le vaciamos un cargador de una Beowulf le quita toda la emoción al encuentro. No hay un sistema de coberturas dinámico, ni una respuesta física en los enemigos que nos haga sentir que estamos dominando la situación. Es un intercambio de estadísticas: mi número de daño contra tu barra de vida. Esta falta de «alma» en los tiroteos hace que, tras la quincuagésima base despejada, la monotonía empiece a ganar la partida…
El fin de las pantallas de carga (o casi)
No podíamos pasar por alto la actualización Free Lanes, que ha llegado a PS5, Xbox Series y PC como la gran redención de Bethesda. Durante años, nos quejamos de que el espacio era una sucesión de fotos estáticas y menús. Ahora, por fin, podemos volar manualmente entre planetas de un mismo sistema.

Navegar desde una luna hasta su planeta principal sin pasar por un fundido a negro (aunque el viaje sea largo y requiera de micro-saltos) cambia por completo la sensación que teníamos al querer explorar. Ya no sentimos que estamos saltando de «habitación en habitación», sino que realmente estamos en un sistema solar. El combate espacial también se ha beneficiado de esto, volviéndose algo más dinámico al tener más espacio para maniobrar, aunque sigue pecando de ser un poco simple en sus mecánicas de «apuntar y fijar».
La progresión y el peso de las decisiones
El árbol de habilidades es inmenso, y aquí le damos un punto muy positivo a Bethesda. Nos gusta que para mejorar una habilidad no baste con gastar un punto, sino que debas cumplir retos (como matar a X enemigos con pistolas o realizar 20 saltos gravitacionales con carga máxima). Esto nos obliga a jugar de formas diferentes, aunque al final, la mayoría de nosotros terminemos optando por el sigilo o el daño bruto.
En resumen, la jugabilidad de Starfield es fluida y completa, pero sigue arrastrando ese pecado original: ser un juego de exploración sobresaliente con un sistema de combate que se siente anticuado, falto de ritmo y, por momentos, genérico.
DLC Shattered Space
Con Shattered Space, Bethesda pareció escuchar (por fin) una de las críticas más feroces de la comunidad: la excesiva dependencia de la generación procedimental. Mientras que el juego principal nos obliga a saltar de sistema en sistema encontrando laboratorios clónicos, esta expansión nos encierra en un entorno diseñado a mano, con una intención narrativa y estética mucho más marcada. Es, en esencia, Bethesda volviendo a hacer lo que mejor se le da: construir mundos con identidad propia.
Un giro hacia lo artesanal y lo oscuro
Lo primero que nos llamó la atención al aterrizar en Va’ruun’kai es el cambio radical de atmósfera. Nos alejamos del limpio y optimista Nueva Atlántida para entrar en un territorio que roza el terror cósmico. El planeta de origen de la Casa Va’ruun es un lugar fracturado, donde las leyes de la física parecen estar librando una batalla perdida contra fuerzas que no comprendemos.

Visualmente, el uso del color y la iluminación eleva esta zona por encima de cualquier otra del juego. Los tonos púrpuras, las anomalías gravitatorias que flotan en el aire y la arquitectura brutalista de la capital, Dazra, crean una sensación de opresión constante que le sienta de maravilla al conjunto. Aquí no nos sentimos como exploradores curiosos, sino como intrusos en un lugar que nos desprecia activamente. Esa cohesión espacial, el hecho de poder ir de una misión a otra a pie o con el REV-8 sin necesidad de pasar por el mapa estelar constantemente, es un soplo de aire fresco que nos hace preguntarnos por qué no fue así todo el juego desde el principio.
La Casa Va’ruun
Narrativamente, Shattered Space es superior a la trama principal. Centrarse en una facción tan hermética y misteriosa como la Casa Va’ruun permite a los guionistas explorar temas de fanatismo religioso, sucesión de poder y las consecuencias de jugar con fuerzas que van más allá del entendimiento humano. Las misiones aquí tienen un peso emocional mayor; ya no se trata solo de recoger artefactos, sino de decidir el futuro de una cultura entera que se desmorona.
Nos ha gustado especialmente cómo se integra el conflicto interno de los Va’ruun. Hay personajes con matices, con dilemas que no se resuelven simplemente con un chequeo de persuasión (aunque sigan estando ahí). Sentimos que nuestras decisiones en Dazra tienen un impacto más inmediato en el entorno, algo que ayuda a paliar esa sensación de intrascendencia que mencionábamos en el bloque de jugabilidad.
DLC Terran Armada
Ahora… Si Shattered Space era la cara amable de la ambición de Bethesda, centrada en el diseño manual y la atmósfera, Terran Armada es, lamentablemente, la cruz. Lo decimos con el corazón en la mano y tras haberle dedicado todo el tiempo del mundo: esta expansión se siente como una oportunidad de oro desperdiciada en favor de un espectáculo de fuegos artificiales que se apaga demasiado rápido.
Anunciado como el «conflicto definitivo» que pondría a prueba la estabilidad de los Sistemas Asentados, Terran Armada nos prometía batallas a gran escala, una amenaza robótica sin precedentes y una carga narrativa militarista que recordaba a los mejores momentos de la Vanguardia de las CU. Sin embargo, una vez que aterrizas en su propuesta, la realidad es mucho más gris. Es un contenido que intenta ser un blockbuster de acción, pero que se olvida de que, para que la acción funcione, el motor que la mueve debe ser sólido.
Más cantidad no es mejor calidad
El núcleo de este DLC es el enfrentamiento contra una facción de IAs rebeldes y drones de combate que están arrasando asentamientos periféricos. Sobre el papel, suena emocionante; en la práctica, es el epítome de lo que criticábamos en el apartado de jugabilidad. Los nuevos enemigos son, casi sin excepción, esponjas de balas que no aportan ninguna mecánica nueva al combate.
Nos hemos visto en situaciones donde derrotar a un «Titán Mecánico» consistía simplemente en vaciar cargadores durante cinco minutos mientras dábamos vueltas alrededor de una columna. No hay puntos débiles interesantes, no hay tácticas de flanqueo por parte de la IA, y el diseño de los encuentros es extremadamente predecible. Es «oleada tras oleada» en escenarios que, a pesar de ser nuevos, se sienten genéricos y vacíos. Bethesda ha confundido la épica con la saturación de enemigos en pantalla, y eso, en un sistema de combate que ya de por sí es algo plano, termina pasando factura muy pronto.
Una luz en mitad del vacío
No todo iba a ser malo en esta «Armada Terrana». Si hay algo que nos ha robado el corazón es el nuevo compañero robótico que se une a nuestras filas. Su personalidad, sus líneas de diálogo —cargadas de un humor cínico que recuerda vagamente a lo mejor de Fallout— y su utilidad real en el campo de batalla son, con diferencia, lo mejor del DLC.
Este aliado metálico no solo sirve para cargar con nuestros 400 kilos de hierro y aluminio, sino que sus habilidades de apoyo (como el despliegue de escudos portátiles) introducen una capa de estrategia que el juego base pide a gritos. Es una pena que un personaje tan bien construido esté atrapado en una expansión que, por lo demás, se siente como un trámite para rellenar el pase de temporada.
El guion no termina de despegar
Narrativamente, Terran Armada intenta tocarnos la fibra con el destino de la humanidad y el legado de la Tierra, pero no lo hace con la sutileza necesaria. Los giros de guion se ven venir a años luz y los nuevos personajes secundarios carecen de carisma. Nos duele especialmente porque el trasfondo de las guerras coloniales y la prohibición de los mechas es una de las partes más fascinantes del lore de Starfield, y aquí se trata de forma superficial, casi como una excusa para que peguemos tiros sin descanso.
Al final, la sensación que nos deja es de agotamiento. Mientras que Shattered Space expandía el universo hacia lo desconocido, Terran Armada lo encierra en un bucle de «acción palomitera» que no hace justicia a lo que Bethesda es capaz de ofrecer. Es una decepción, no porque sea un desastre absoluto, sino por lo increíble que podría haber sido y lo rutinario que ha terminado siendo.
Rendimiento y estabilidad
Llegamos al punto donde tenemos hablar del estado actual del juego en PlayStation. Como os comentamos al inicio, hemos esperado más de un mes para lanzar este análisis, confiando en que los parches de lanzamiento arreglaran lo que, el 7 de abril, era un crasheo cada 30 minutos. Nuestra realidad es que, aunque el juego es jugable, dista mucho de ser una experiencia pulida.
Un mes después y seguimos guardando «por si las moscas»
Es frustrante, no hay otra palabra. Estamos ante la consola más potente del mercado actual y, aun así, Starfield se empeña en recordarnos sus costuras cada pocas horas. Los crasheos han disminuido, es cierto; ya no se cierra cada media hora como nos ocurrió durante la primera semana, pero todavía sufrimos cierres inesperados, especialmente al realizar saltos gravitacionales o al intentar entrar en ciudades densas como Akila City.
No es solo que el juego se cierre. Es la incertidumbre. Esa sensación de «voy a guardar partida antes de entrar aquí por si acaso» es algo que no deberíamos estar viviendo en 2026. Bethesda parece haber lanzado el juego en PS5 con prisas, ignorando las carencias de un motor gráfico que pide la jubilación a gritos.
Bugs de todos los colores y sabores
A estos crahseos hay que sumarles una serie de errores que todavía persiguen a la experiencia y que nos recuerdan que estamos ante un motor muy anticuado y complejo, lo cual siempre conlleva los mismos riesgos.
No es raro encontrarnos con situaciones que rompen un poco la magia del momento, como esos personajes no jugables que, debido a un problema de colisiones, parecen decidir que levitar o hundirse un poco en el suelo de Nueva Atlántida es una buena forma de pasar el rato. Aunque a menudo nos lo tomamos con una sonrisa por ser ese sello tan característico del estudio, no deja de ser un punto a mejorar cuando intentas mantener la inmersión mientras un guardia de las CU te da instrucciones con la cabeza parcialmente integrada en una pared.
El REV-8, que ha sido una de las mejores incorporaciones para agilizar la exploración, también tiene sus momentos de rebeldía. Su sistema de físicas parece tener un entusiasmo excesivo ante los accidentes geográficos; un pequeño impacto contra una roca de tamaño medio puede transformarse en un salto gravitacional inesperado que nos manda directos a contemplar el horizonte desde una altura no planificada. Es un vehículo divertidísimo, pero que claramente necesita un ajuste en su interacción con el entorno para que no sintamos que estamos en una ruleta rusa de físicas cada vez que decidimos salir de la carretera.

Por otro lado, un punto que sí requiere especial atención por parte del equipo de desarrollo son esas misiones que, en momentos puntuales, ven cómo sus activadores no se disparan correctamente. Esto nos obliga a tirar de nuestra biblioteca de guardados manuales para reiniciar el encuentro, una práctica que, aunque común en los RPG de gran escala, nos gustaría ver resuelta para que el flujo de juego sea totalmente orgánico.
Para terminar de perfilar este apartado, no podemos obviar el tema de los tiempos de carga, que sigue siendo la gran asignatura pendiente de la obra. La expectativa lógica es que las transiciones fueran casi instantáneas, pero seguimos encontrándonos con fundidos a negro de entre 5 y 10 segundos al entrar en edificios o cambiar de estancia.
Es un detalle que no arruina el viaje, pero que sí nos recuerda que todavía hay un margen de optimización importante para que Starfield se sienta verdaderamente como un título diseñado para la tecnología de 2026.
¿Qué tal los gráficos?
Entrar a valorar visualmente una obra de la envergadura de Starfield requiere, ante todo, perspectiva. No estamos ante un juego de pasillos donde cada reflejo puede controlarse al milímetro, sino ante un simulador de galaxia que debe gestionar miles de variables de iluminación y sombras en tiempo real. En nuestra PS5 Pro, el título de Bethesda ofrece una de cal y otra de arena, presentándose como una experiencia visualmente imponente en lo general, aunque con algunos detalles que nos recuerdan que la tecnología que lo sustenta tiene ya un largo recorrido a sus espaldas.
PS5 Pro y el PSSR
Donde el juego realmente saca músculo en la consola de Sony es en su nitidez y en la gestión de la luz. La implementación del PSSR ha sido, a nuestro juicio, algo anecdótico. Logra que la imagen se perciba un poco más limpia y definida. Los bordes de las naves, las complejas estructuras de ciudades como Neon y la inmensidad de los paisajes planetarios gozan de una estabilidad de imagen mejor que la consola base, eliminando casi por completo ese parpadeo visual que a veces empaña los grandes mundos abiertos.

Eso sí, la iluminación global es, sin duda, impresionante. Hemos pasado minutos simplemente observando cómo la luz de una estrella lejana se filtra a través de la atmósfera de una luna helada, creando degradados de color que son pura poesía visual. Los materiales también han recibido un trato exquisito; el metal de los trajes, el cristal de los cascos y las superficies rugosas de los asteroides tienen una respuesta física a la luz que nos sumerge de lleno en esa estética «NASA-punk» tan tangible y desgastada que define al juego.
Los desafíos de un motor con años a su espalda
Sin embargo, y siendo honestos con lo que vemos en pantalla, es evidente que el Creation Engine 2 todavía arrastra ciertas herencias del pasado. El punto donde más se nota este desfase es en las expresiones faciales y en la expresividad de los personajes. Aunque han mejorado respecto a lanzamientos anteriores de la casa, todavía se sienten varios escalones por debajo de los estándares actuales de la industria en cuanto a naturalidad y fluidez. Esa «mirada Bethesda» sigue ahí, dándole a las conversaciones un aire un tanto rígido que rompe la magia de la inmersión en los momentos más narrativos.

Del mismo modo, la gestión de la vegetación y la distancia de dibujado en planetas con mucha densidad biológica nos ha dejado sensaciones encontradas. Es habitual notar algo de «pop-in» —elementos que aparecen de repente— cuando nos desplazamos rápido con el REV-8. Entendemos que es el peaje a pagar por un universo que no pone barreras a nuestra exploración, pero es un detalle que nos recuerda que, a pesar del maquillaje de alta resolución, los cimientos del motor tienen sus límites.

En conjunto, Starfield es un juego que sabe ser majestuoso y regalarnos postales espaciales de ensueño, siempre y cuando aceptemos esas asperezas técnicas como parte de su propia identidad.
El sonido es de matrícula de honor, y se discute con quien haga falta
Si hay un apartado donde nos hemos sentido verdaderamente dentro de esa epopeya espacial que Bethesda ha querido construir, ese es, sin lugar a dudas, el sonoro. Estamos ante una de esas producciones donde el audio no es un simple acompañamiento, sino una fuerza invisible que nos empuja a seguir explorando, que nos reconforta en la soledad del vacío y que nos pone el corazón a mil cuando las cosas se ponen feas.
Entrar en el universo de Starfield es, ante todo, un deleite para nuestros oídos. La atención al detalle es enfermiza: desde el sutil zumbido de los sistemas de soporte vital de nuestra nave hasta el sonido amortiguado de nuestros pasos sobre el regolito lunar. Es una experiencia auditiva que roza la perfección y que, de no ser por un fallo que comentaremos más adelante, se llevaría nuestra nota máxima sin pestañear.
Una banda sonora para la historia de los videojuegos
No tenemos miedo a que nos tiemble el pulso al escribirlo: la música de Starfield, compuesta por el maestro Inon Zur, es una de las mejores obras que hemos escuchado en toda la historia de los videojuegos. No es solo que los temas sean épicos o memorables —que lo son—, es que logran capturar esa dualidad del espacio que mencionábamos en la introducción: la majestuosidad abrumadora y la melancolía del explorador solitario.

Cada vez que el tema principal arranca con ese crescendo de viento y percusión, sentimos un escalofrío que nos recorre la espalda. La música sabe cuándo debe ser un susurro ambiental mientras recolectamos recursos en un planeta desolado y cuándo debe estallar en una sinfonía heroica durante los combates espaciales. En los momentos más profundos de la trama, especialmente en los encuentros con los Estelares, la banda sonora adquiere un tono místico y trascendental que eleva la narrativa a otro nivel. Es, sinceramente, el pegamento emocional que mantiene unido todo el universo de Starfield.
Inmersión acústica y efectos de sonido
El trabajo de diseño de sonido es igualmente sobresaliente. En PS5 Pro, utilizando los Pulse Explore con audio 3D, la inmersión es absoluta. Nos ha fascinado cómo cambia la acústica dependiendo del entorno: el eco metálico en los pasillos de una estación espacial abandonada, el sonido sordo de las explosiones en el vacío o el rugido ensordecedor de los motores de la nave al despegar.
Incluso en el polémico DLC Terran Armada, el sonido de los nuevos enemigos robóticos y sus armas de plasma tiene una contundencia que se agradece. Cada clic de un interruptor en la cabina, el siseo de las puertas hidráulicas y el sonido de nuestro escáner al identificar un nuevo mineral contribuyen a crear una atmósfera «NASA-punk» increíblemente creíble. Aquí no hay espacio para la mediocridad; cada efecto ha sido tratado con un mimo que pocos estudios pueden permitirse.
La gran desincronización en castellano
Y llegamos al punto que nos impide darle la matrícula de honor a este apartado. Starfield llega totalmente doblado al castellano con un nivel de interpretación fantástico. Los actores y actrices de voz españoles han hecho un trabajo encomiable, dotando a personajes como Sarah Morgan o Barrett de una personalidad arrolladora. Sin embargo, la experiencia se ve empañada por una desincronización labial fatal.
Es algo que nos ha sacado de la partida en más de una ocasión. Mientras que en la versión original en inglés el movimiento de los labios es perfecto y natural, en la versión en español los personajes siguen moviendo la boca cuando la frase ya ha terminado, o viceversa. Es un problema técnico persistente que Bethesda no ha solucionado ni en Xbox. Es una auténtica lástima, porque la calidad de las voces es de diez, pero ver que la imagen y el sonido no van de la mano en los diálogos cercanos le resta mucha fuerza a las interpretaciones.
Un horizonte infinito con anclas en el pasado
Llegar al final de este viaje es, en muchos sentidos, como regresar a casa después de una larga expedición por lo desconocido: traemos la mochila llena de recuerdos memorables, pero también las botas desgastadas y alguna que otra cicatriz que no estaba en el plan original. Starfield es la culminación de una ambición desmedida, una obra que intenta atrapar el infinito dentro de un código que, a veces, parece pedir clemencia. Tras un mes de parches y cientos de saltos gravitacionales, la sensación que nos queda es la de haber habitado un universo tan fascinante como imperfecto.
No podemos negar que Bethesda ha logrado algo histórico con este título, pero no podemos ignorar que esa gran inmersión se ve interrumpida constantemente por una tecnología que lucha contra sí misma. Los tiempos de carga y la inestabilidad que aún persiste son recordatorios constantes de que la magnitud del proyecto ha sobrepasado, en ciertos aspectos, la capacidad de optimización del estudio.
Narrativamente, hemos vivido una montaña rusa. Desde la fascinante introspección filosófica de la trama principal y el misterio envolvente de Shattered Space —que nos devolvió la fe en el diseño artesanal de Bethesda—, hasta la acción más rutinaria y predecible de Terran Armada. Starfield es ahora un juego mucho más rico y variado que en su lanzamiento original de hace tres años, pero sigue arrastrando ese «shooter» funcional pero carente de alma que nos hace desear un poco más de riesgo en sus mecánicas de combate.
Es un título donde la exploración y la banda sonora de Inon Zur (esa maravilla que ya forma parte del Olimpo de los videojuegos) tiran del carro con una fuerza arrolladora, compensando incluso esos momentos de frustración cuando el doblaje al castellano se divorcia del movimiento de los labios de nuestros interlocutores.
Al final del día, ¿merece la pena dar el salto a las estrellas con Starfield en PS5 Pro? Nuestra respuesta es un sí, pero con matices. Si buscas un producto pulido al milímetro y una acción frenética de última generación, quizás los Sistemas Asentados te resulten algo toscos y fragmentados. Pero si lo que buscas es perderte en un universo que te invita a ser quien tú quieras, que te recompensa por mirar detrás de cada asteroide y que te regala algunas de las estampas más bellas que hemos visto en una consola, no hay nada igual.
Bethesda ha construido una catedral en el espacio; puede que tenga goteras y que algunos muros se sientan antiguos, pero la vista desde su campanario sigue siendo, sencillamente, inigualable.
Starfield ya está disponible en PS5, Xbox Series X|S y PC.Starfield
Starfield es, probablemente, el juego más ambicioso y a la vez más contradictorio que hemos analizado. Por un lado, es una carta de amor a la exploración espacial, un título capaz de absorberte durante cientos de horas gracias a su escala, sus secretos y su atmósfera inigualable. Por otro, es un recordatorio de que la ambición, si no va acompañada de unos cimientos técnicos sólidos y modernos, puede terminar pesando demasiado. Con todos sus fallos, sus parches pendientes y sus arcaísmos, sigue siendo una experiencia que cualquier amante de la ciencia ficción debería vivir al menos una vez. Es una maravilla empañada, sí, pero es nuestra maravilla.
Lo mejor
- La banda sonora de Inon Zur, de la mejor de la historia del videojuego
- El DLC Shattered Space: un recordatorio de lo que es Bethesda
- Poder navegar manualmente entre planetas ha curado esa sensación de
- La iluminación es fantástica
Lo peor
- Crasheos y bugs, aún a la orden del día un mes después
- Desincronización labial en castellano
- El combate es muy genérico
- Terran Armada: Una expansión decepcionante que apuesta por la cantidad sobre la calidad
-
Historia
-
Jugabilidad
-
Apartado artístico
-
Apartado sonoro

