Un zombi enamorado de una chica congelada, monstruos a los que devorar para robarles sus poderes y un viaje al inframundo en el que hasta los váteres tienen su protagonismo. Stupid Never Dies es un frenético Action RPG que combina combates intensos, progresión inspirada en los roguelike y una estética pop punk dosmilera absolutamente irresistible.
Hoy nos adentramos en esta disparatada aventura de GPTRACK50, disponible para PC y PlayStation 5, para descubrir qué se esconde detrás de tanto rosa chicle, humor absurdo y una premisa tan surrealista como prometedora.
En una industria donde los roguelike y roguelite han encontrado un público cada vez más amplio gracias a propuestas como Hades, Dead Cells o Hades II, resulta interesante descubrir cómo otros estudios reinterpretan sus mecánicas. Porque, aunque repetir incursiones, perder parte del progreso y volver a intentarlo no sea ninguna novedad, todavía queda margen para experimentar con la manera en la que aprendemos, evolucionamos y nos enfrentamos a cada nueva partida.

Detrás de Stupid Never Dies encontramos a GPTRACK50, un estudio japonés fundado en Osaka en 2022 por Hiroyuki Kobayashi, veterano de Capcom cuya trayectoria está vinculada a sagas como Resident Evil, Devil May Cry o Dragon’s Dogma. Y no llegó precisamente solo: entre los responsables del proyecto encontramos a Eiichiro Sasaki, director de esta nueva aventura y otro nombre con experiencia en la franquicia Resident Evil. Estamos, por tanto, ante el debut de un estudio relativamente joven, pero formado por profesionales que llevan décadas entendiendo cómo funciona un buen videojuego de acción.
GPTRACK50 es un estudio recién nacido, pero detrás de sus puertas se esconden décadas de experiencia dando forma a algunos de los grandes videojuegos de acción
Su intención es bastante particular: condensar la progresión habitual de un Action RPG de decenas de horas en incursiones mucho más rápidas, donde nuestro protagonista pueda alcanzar niveles altísimos en cuestión de minutos. No buscan crear un roguelike tradicional, sino aprovechar algunos de sus principios para construir una experiencia centrada en el combate, la experimentación y la satisfacción de hacerse cada vez más poderoso.

Y es precisamente ahí donde Stupid Never Dies intenta encontrar su propia identidad. Una propuesta que combina la experiencia de sus creadores con una filosofía de diseño donde morir, aprender y volver a intentarlo forman parte del mismo viaje. Aunque, como vamos a descubrir, aquí hasta la muerte tiene bastante poco de convencional.
Amor a primera mordida
Dicen que el amor puede aparecer cuando menos te lo esperas, aunque probablemente nadie imaginaba encontrarlo dentro de un congelador (Salvo que seas Pastora Soler… perdón por el chiste). Pero así comienza nuestra historia, una aventura tan disparatada como entrañable que, bajo su humor absurdo, esconde una curiosa historia sobre el amor, la identidad y las segundas oportunidades.

Tras una gran guerra que prácticamente ha llevado a la humanidad a la extinción, los monstruos dominan el mundo bajo el liderazgo de KOM. Humanos y criaturas sobrenaturales llegaron a convivir durante un tiempo, pero aquel equilibrio terminó rompiéndose, dando paso a una sociedad donde los monstruos ocupan lo más alto de la jerarquía y los zombis sobreviven prácticamente en el último escalón.
Y precisamente ahí encontramos a Davy, nuestro protagonista. Un zombi tímido, bastante torpe y sin demasiadas aspiraciones que malvive en un centro comercial abandonado. Su existencia cambia cuando descubre a Julia, una joven humana que murió congelada mientras intentaba sobrevivir a la guerra. Davy se enamora de ella a primera vista y decide que su nueva misión será devolverla a la vida para, con un poco de suerte, conseguir su primera cita.
Sí, nuestro protagonista está muerto, se enamora de una chica muerta y decide enfrentarse a un ejército de monstruos para resucitarla. Nadie dijo que el amor fuera sencillo. Con la ayuda del excéntrico doctor Frank, Davy comienza a descender a una mazmorra dividida en diferentes estratos, enfrentándose a criaturas cada vez más peligrosas mientras descubre los secretos de este peculiar universo. Por el camino conoceremos a personajes tan extravagantes como Bessie, una motera zombi que regenta una hamburguesería, o Acelino, un chihuahua antropomórfico encargado de modificar nuestro cuerpo con tecnología de lo más cuestionable.

Sin embargo, hay un detalle narrativo que me ha resultado especialmente interesante y que va más allá de su disparatada premisa. A medida que avanzamos, Davy recupera fragmentos de información sobre Julia y su propio pasado: publicaciones en redes sociales, fotografías y pequeños rastros digitales que podemos consultar desde una tableta.
De alguna manera, Davy va construyendo una imagen de Julia a través de los recuerdos que dejó en internet, algo que resulta sorprendentemente familiar en una época donde muchas relaciones comienzan precisamente así. Antes de conocer a alguien en persona, exploramos sus fotografías, sus gustos y sus publicaciones, componiendo una versión de esa persona que no siempre coincide con la realidad. Y ahí aparece una reflexión que considero especialmente interesante: ¿nos enamoramos de las personas o de la imagen que construimos de ellas? Julia no puede hablar con Davy ni contradecir las conclusiones que él extrae de sus recuerdos. Su relación, por ahora, existe únicamente en la imaginación de nuestro protagonista.
Enamorarse de alguien a través de sus recuerdos digitales nos plantea una pregunta: ¿nos enamoramos de quien realmente es o de la imagen que construimos de esa persona?
No significa necesariamente que se nos quiera plantear una reflexión profunda sobre las relaciones digitales, pero este pequeño recurso narrativo permite establecer un paralelismo muy actual dentro de una aventura que, aparentemente, solo quiere hacernos reír.

Porque detrás de sus zombis, monstruos y situaciones imposibles, también encontramos una historia sobre alguien que busca su lugar en el mundo y que, por primera vez en su existencia, encuentra una razón para luchar. Aunque para conseguirlo tenga que bajar al mismísimo infierno tirando de la cadena de un váter.
Morir, aprender y volver a morder
Si hay algo que esta fusión de Action RPG y roguelike nos deja claro desde sus primeros minutos es que aquí la mejor defensa es un buen ataque. GPTRACK50 ha bautizado su sistema de combate como Funky Zombie Action, una propuesta que combina la acción frenética de los hack and slash con elementos de progresión inspirados en los roguelike. Y aunque inicialmente pueda resultar abrumador por la cantidad de mecánicas que introduce, pronto descubrimos que todas persiguen un mismo objetivo: mantenernos constantemente en movimiento. Recordemos que detrás de este juego se encuentra peñita que ha trabajado en Devil May Cry y eso son todo cosas buenas.

La aventura se estructura alrededor de incursiones a una mazmorra dividida en diferentes estratos, cada uno con sus propios enemigos, ambientación y desafíos. Davy comienza cada incursión desde el nivel uno, pero aquí encontramos una de las ideas más interesantes del juego: cuantos más enemigos derrotamos, más rápido ganamos experiencia en las siguientes incursiones. De esta manera, lo que inicialmente puede parecer una progresión lenta termina convirtiéndose en una auténtica explosión de niveles y estadísticas.
Pero lo realmente satisfactorio es que Davy no es el único que mejora. Como jugadores, también aprendemos a reconocer patrones de ataque, perfeccionar nuestros reflejos y combinar habilidades con mayor soltura. Personalmente, mis primeras incursiones terminaron bastante rápido, pero con cada nuevo intento fui alcanzando estratos más profundos. No solamente porque mi personaje se volviera más poderoso, sino porque yo mismo empezaba a comprender mejor sus posibilidades.
Davy se vuelve más poderoso con cada incursión, pero la verdadera evolución también ocurre al otro lado del mando
Y es que morir forma parte del aprendizaje, aunque Stupid Never Dies también permite retirarnos voluntariamente de la mazmorra y regresar al centro comercial conservando las recompensas obtenidas. Una decisión que introduce un interesante componente de gestión del riesgo: ¿seguimos descendiendo para conseguir mejores recompensas o aseguramos lo que hemos conseguido?

A esta estructura se suma TickTock Teddy, un inquietante osito que marca el tiempo disponible durante las incursiones. Cuando el contador llega a cero, los enemigos se vuelven mucho más peligrosos y nuestra energía comienza a disminuir. Afortunadamente, podemos recuperar tiempo derrotando enemigos de determinadas maneras, ejecutando parries o recogiendo cronocélulas. Así, el juego recompensa la eficiencia y nos anima a no detenernos demasiado.
Un zombi con muchos recursos
El verdadero protagonista del sistema de combate es el Stupid Parry (Aunque he jugado al juego en inglés, toda la obra, objetos y ataques están traducidos perfectamente al castellano). Lejos de ser una mecánica secundaria, dominar su ejecución resulta prácticamente imprescindible para sobrevivir. Bloquear correctamente nos permite responder con potentes contraataques, mientras que acertar el momento preciso frente a determinados ataques enemigos genera oportunidades especialmente ventajosas.
Aquí la mejor defensa no consiste en esquivar la muerte, sino en mirarla de frente, contraatacar y, si hace falta, pegarle un buen mordisco
Además, parte del daño recibido se acumula como daño recuperable, que podemos restaurar utilizando otra de las habilidades fundamentales de Davy: el mordisco. Al atacar llenamos un medidor que nos permite morder a nuestros adversarios para recuperar salud y consumir sus núcleos, obteniendo habilidades y poderes.

Aquí entra en juego Style Eat, uno de los sistemas más originales de la propuesta. Al devorar los núcleos de determinados monstruos, Davy puede adoptar sus estilos de combate, modificando tanto sus habilidades como su apariencia. Con once estilos disponibles, incluido el de zombi, encontramos alternativas que van desde hombres lobo y vampiros hasta gólems o arpías. Cambiar entre ellos durante los enfrentamientos amplía considerablemente nuestras opciones ofensivas y favorece la experimentación.
Pero las posibilidades no terminan ahí. Gracias al sistema Body Hack, podemos modificar diferentes partes del cuerpo de Davy con componentes tecnológicos, equipando mejoras en brazos, cabeza y piernas. Estas modificaciones se gestionan principalmente desde la tienda de Acelino, uno de los extravagantes habitantes del centro comercial que funciona como base de operaciones.

Y todavía nos queda el Davy Burst, una transformación temporal que potencia enormemente nuestras capacidades y convierte los combates en un espectáculo todavía más frenético. Su activación altera incluso la apariencia del escenario, que adopta una estética psicodélica absolutamente desatada.
Mucho que aprender, pero todavía más que experimentar
Con tantos sistemas funcionando simultáneamente, sería injusto ignorar que Stupid Never Dies presenta una curva de aprendizaje exigente, especialmente para quienes no estamos demasiado familiarizados con las estructuras roguelike. Durante la primera media hora recibimos explicaciones sobre estilos, parries, mordiscos, mejoras, estadísticas y progresión a un ritmo que puede resultar difícil de asimilar.
Sin embargo, no considero que esto responda necesariamente a un problema de diseño. El juego apuesta deliberadamente por enseñarnos sus herramientas cuanto antes y permitir que las dominemos mediante la práctica, sin obligarnos a superar horas de tutoriales antes de disfrutar de sus posibilidades.

Además, entre incursiones podemos regresar al centro comercial para mejorar nuestro equipamiento, desbloquear nuevas habilidades y preparar el siguiente descenso. Durante las propias expediciones también encontramos zonas de descanso donde el temporizador se detiene y personajes como Bessie o Acelino nos ofrecen recuperación, mejoras y modificaciones.
Todo termina construyendo una experiencia donde la progresión del personaje y la habilidad del jugador avanzan de la mano. Lo que inicialmente parece un combate caótico acaba revelando un sistema con numerosas posibilidades, capaz de recompensar tanto nuestros reflejos como nuestra capacidad para experimentar con distintas combinaciones.
Porque en Stupid Never Dies morir puede ser inevitable, pero repetir los mismos errores es otra historia.
Avril Lavigne estaría orgullosa
Si hay un apartado en el que Stupid Never Dies consigue destacar desde el primer segundo, es en su dirección artística. Basta con llegar a la pantalla de inicio para descubrir una explosión de rosa chicle, calaveras, corazones, grafitis y tipografías imposibles que parece sacada de un videoclip de Avril Lavigne o Simple Plan de mediados de los 2000. Una estética descaradamente pop punk, con ese espíritu rebelde y desenfadado que nos transporta directamente a los tiempos de MySpace, Fotolog y las tardes escuchando música en el reproductor MP3.

Y lo mejor es que esta identidad visual no se queda en una simple elección de colores. Todo en Stupid Never Dies parece diseñado para transmitir la misma personalidad, desde los menús decorados con tiritas y pegatinas hasta las interfaces que aparecen durante el combate. Hay una coherencia artística realmente admirable, capaz de convertir incluso la selección de habilidades o la consulta de estadísticas en algo visualmente reconocible.
Stupid Never Dies parece un videoclip de Avril Lavigne que hubiera cobrado vida después de pasar veinte años encerrado en MySpace
Los propios escenarios también contribuyen a esta sensación de estar recorriendo un universo que no conoce la palabra discreción. Cada estrato de la mazmorra presenta una ambientación diferenciada, pasando de espacios de inspiración gótica a entornos mucho más extravagantes. A ello se suma un diseño de personajes que combina monstruos clásicos, elementos urbanos y una estética cercana al cómic y la animación japonesa. El resultado es un mundo donde prácticamente cualquier disparate parece tener cabida.

Pero esta creatividad alcanza uno de sus momentos más espectaculares con el Davy Burst, una transformación que no solo potencia las capacidades de nuestro protagonista, sino que altera visualmente el propio escenario. Los colores se intensifican, los efectos se multiplican y la realidad parece deformarse hasta convertirse en una experiencia casi psicodélica. Una decisión artística que consigue transmitir perfectamente la sensación de poder descontrolado que experimentamos durante el combate.
En el apartado sonoro también encontramos detalles que merecen una mención especial. La banda sonora acompaña esa personalidad irreverente con composiciones enérgicas, pero sabe cambiar de registro cuando la situación lo requiere. Uno de mis detalles favoritos aparece en el centro comercial, donde la música funciona como un tranquilo hilo musical ambiental hasta que nos acercamos a determinadas tiendas. En «Ink on the Brain», el establecimiento de Acelino, la melodía da paso de forma progresiva a un tema de guitarras con cierto aire flamenco, reforzando la identidad del lugar sin necesidad de interrumpir la exploración.

Son pequeños recursos que demuestran hasta qué punto música y dirección artística trabajan juntas para construir la personalidad del videojuego. No se trata únicamente de acompañar nuestras acciones, sino de conseguir que cada escenario, personaje o establecimiento tenga su propia identidad.
Stupid Never Dies demuestra que un videojuego puede tomarse muy en serio su dirección artística sin tomarse absolutamente nada en serio a sí mismo
Y quizá eso sea precisamente lo que más me ha gustado de Stupid Never Dies: su absoluta falta de complejos. Estamos ante un juego que abraza el exceso, el humor absurdo y una estética que parecía haberse quedado atrapada en algún rincón de internet de 2007, pero que aquí vuelve con una energía contagiosa.
Porque si algo demuestra GPTRACK50 es que no hace falta tomarse en serio a uno mismo para tomarse muy en serio la dirección artística.
Hasta que la muerte nos separe… otra vez
Esta es una de esas propuestas que demuestran que todavía hay espacio para la originalidad dentro de géneros que creíamos conocer de sobra. GPTRACK50 ha conseguido combinar la experiencia de sus veteranos desarrolladores con una personalidad descaradamente irreverente, un sistema de combate exigente y una dirección artística que resulta difícil de olvidar.

Su curva de aprendizaje puede resultar abrumadora durante las primeras incursiones, especialmente por la cantidad de mecánicas que introduce en tan poco tiempo. Sin embargo, una vez empezamos a dominar sus sistemas, descubrimos una experiencia tremendamente satisfactoria, donde cada derrota nos enseña algo y cada nueva incursión nos permite llegar un poco más lejos. No se trata únicamente de hacer más poderoso a Davy, sino de aprender a jugar cada vez mejor.
Y si a todo ello sumamos su extraordinaria estética pop punk, unos personajes extravagantes y una historia que abraza el absurdo con una naturalidad maravillosa, encontramos un Action RPG con una identidad muy marcada. Quizá no sea una propuesta para todos los públicos, especialmente para quienes buscan una experiencia pausada, pero quienes disfruten experimentando con estilos de combate y perfeccionando sus habilidades encontrarán motivos de sobra para seguir descendiendo al inframundo.

En cuanto al rendimiento, hemos jugado principalmente en Steam Machine y Steam Deck, obteniendo resultados muy satisfactorios en ambas plataformas. En Steam Machine hemos disfrutado de una calidad gráfica muy buena y 60 FPS estables, mientras que en Steam Deck hemos conseguido unos 30 FPS sólidos, que permiten disfrutar del Action RPG roguelike con fluidez.
Este análisis se ha realizado en los siguientes equipos:
- Steam Machine: Modo calidad y 60 FPS estables.
- Steam Deck: Rendimiento sólido en torno a 30 FPS.
- Laptop: AMD Ryzen 7, 16 GB de RAM y NVIDIA GeForce RTX 4050, sin problemas de rendimiento destacables.
Stupid Never Dies estará disponible desde el 21 de octubre de 2026 para PC (Steam) y PlayStation 5, mientras que la edición Glorious Idiot Edition ofrece acceso anticipado desde el 19 de octubre.
Hemos analizado Stupid Never Dies gracias a un código de prensa facilitado por Renaissance PR.
Stupid Never Dies
Stupid Never Dies es un Action RPG frenético y original que combina un combate exigente con una progresión muy satisfactoria. Aunque su curva de aprendizaje puede abrumar al principio, su espectacular estética pop punk, su humor absurdo y su desbordante personalidad lo convierten en una aventura tan divertida como inolvidable.
Lo mejor
- Apartado artístico
- Bucle adictivo
Lo peor
- Exigente curva de aprendizaje al comienzo
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Historia
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Jugabilidad
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Apartado artístico
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Apartado sonoro
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Rendimiento




