Después de La red social, Aaron Sorkin regresa al universo de Facebook casi dos décadas después para contar la otra cara de su historia: no la de su creación, sino la de sus consecuencias. El precio de la red (The Social Reckoning) funciona como una continuación espiritual de aquella película de 2010 y se adentra en el escándalo de los llamados «Facebook Files», la investigación periodística que, a partir de documentos internos proporcionados por la trabajadora Frances Haugen, puso el foco sobre las prácticas de la compañía, sus algoritmos y los efectos de la plataforma sobre sus usuarios.
La película sigue a Haugen, interpretada por Mikey Madison, y al periodista del Wall Street Journal Jeff Horwitz, interpretado por Jeremy Allen White, mientras ambos se enfrentan a una de las compañías tecnológicas más poderosas del mundo. El resultado es un thriller periodístico que habla de radicalización, manipulación, intereses corporativos y responsabilidad tecnológica, pero también de algo que Sorkin parece tener cada vez más claro: las grandes compañías tecnológicas no son simplemente empresas que han cometido algunos errores, sino estructuras capaces de moldear el comportamiento de millones de personas.
Aaron Sorkin no intenta repetir La red social. Intenta contestarle, completarla.
Las interpretaciones son la joya de la película
Mikey Madison y Jeremy Allen White en estado puro
Las interpretaciones son uno de los grandes puntos fuertes de la película. A la cabeza está Mikey Madison, en un registro radicalmente diferente al de Anora. Allí había una interpretación explosiva, física y desbordante; aquí Madison construye a una Frances Haugen mucho más contenida, tímida y aparentemente frágil, pero con unas convicciones extraordinariamente fuertes.
Su personaje resulta especialmente interesante porque no parte del odio hacia Facebook. Al contrario: cree en la compañía y en la tecnología. Precisamente por eso le resulta tan doloroso descubrir aquello que ocurre dentro de ella. Haugen no quiere destruir la red social; quiere hacerla mejor. Esa diferencia es importante y Madison consigue transmitirla sin convertir al personaje en una heroína convencional.
Frances es, sobre todo, alguien que cree que las cosas pueden hacerse de otra manera. Y cuando comprende hasta qué punto la empresa conoce los problemas de su propia plataforma y decide no solucionarlos, llega el momento en el que tiene que escoger entre su carrera y sus principios.
Jeremy Allen White interpreta a Jeff Horwitz, el periodista que recibe la información y comienza a tirar del hilo. Es un personaje mucho más tranquilo, sosegado y metódico, pero también claramente obsesionado con su trabajo. White vuelve a demostrar que es uno de los actores más sólidos de su generación, aunque también hay que decir que el personaje le va como un guante.
No necesita grandes aspavientos. Su Horwitz trabaja, escucha, investiga y vuelve a trabajar. Es exactamente el tipo de periodista que uno espera encontrar en una historia como esta.
Jeremy Strong tiene el papel más difícil
Y entonces está Jeremy Strong como Mark Zuckerberg, probablemente el elemento más discutible de la película. No porque Strong sea mal actor, todo lo contrario. Precisamente por ser un intérprete extraordinario, sorprende que su Zuckerberg funcione de manera extraña, como un uncanny valley.
El problema está en la representación. Strong interpreta a un Zuckerberg mucho más avanzado en su trayectoria que el que vimos en La red social. Ya no es el joven programador que está construyendo Facebook mientras intenta demostrar que es el más inteligente de la habitación. Es un empresario multimillonario que controla una de las plataformas más poderosas del planeta y que lleva años enfrentándose a las consecuencias de las decisiones tomadas por su compañía.
La caracterización es excelente. Los gestos faciales, la sonrisa forzada, la mirada y determinados movimientos consiguen recordar inmediatamente al Zuckerberg real. Pero en la mitad de escenas, Strong lleva demasiado lejos la representación de ese personaje como una especie de máquina humana que quiere hacer verse como superinteligente, hasta el punto de rozar una caricatura. Hay instantes en los que parece estar interpretando una versión de Zuckerberg pasada por el filtro de Sheldon Cooper. Como esta idea de comportamiento asperger y debilidad social que en la cultura popular se tiene de los genios. Pero Sheldon Cooper es un personaje de comedia que parodia a un tipo de persona, no un personaje real y público.
Puede que sea una decisión de Sorkin y el actor sólo acate órdenes y clave lo que se le ha pedido. Puede que sea una decisión de Strong, que como actor de método acostumbra a buscar el énfasis. Pero la interpretación no es mala, sino que no se ajusta a la realidad y le dan un aire de genio a Zuckerberg que no concuerda. Pues de haberse tratado de un personaje ficticio, habría funcionado bien.
Odiarás una de las mejores interpretaciones de la película
La antigua amiga de Frances es la chica rubia que vemos en la primera escena. Ese vídeo tan odioso de una mujer blanca que amenaza a dos policías negros creyéndose víctima de un sistema opresor para mostrar la radicalización que Facebook ejerce progresivamente en los usuarios. Ese odio que genera en el espectador es fruto de una gran interpretación de Portia Doubleday, conocida como Angela Moss en Mr Robot.
Aaron Sorkin mejora su representación de Facebook, pero no la de Mark Zuckerberg
Una de las cosas más interesantes de El precio de la red es que intenta desmontar la imagen pública de Zuckerberg y, paradójicamente, termina reproduciendo algunos de los mismos clichés que pretende cuestionar.
Desde hace años internet ha convertido a Zuckerberg en un personaje casi mitológico. Se han hecho memes sobre él, se ha especulado con sus dificultades sociales, se ha teorizado que sea un supuesto reptiliano, se han discutido posibles neurodivergencias y se le ha comparado constantemente con otros supuestos genios tecnológicos.
La red social ya en 2010 presentaba a Zuckerberg como un personaje desagradable, capaz de traicionar a sus amigos y pisar a quien fuera necesario para conseguir sus objetivos. Pero, al mismo tiempo, lo retrataba como alguien extraordinariamente brillante. Un personaje excepcional que podía comportarse como un imbécil precisamente porque era excepcional.
El precio de la red vuelve a caer en parte en esa trampa. Aquí Zuckerberg aparece como un hombre frío, desconectado emocionalmente de quienes le rodean y con dificultades evidentes para comprender determinados códigos sociales. Pero también como una especie de cerebro superior que observa a todos desde una posición casi inhumana. Y no necesitamos eso para explicar lo que hizo Facebook. No hace falta convertir a Zuckerberg en un genio incomprendido, ni en un ser con capacidades intelectuales extraordinarias, ni en una especie de robot humano para explicar sus decisiones.
Obviamente una adaptación puede cambiar una parte de la narrativa en pos de dar riqueza a la historia, pero eso no pasa por romantizar un personaje real en una película cuyo mensaje anti redes sociales aplica a la vida real. No se puede denunciar una maldad corporativista dotando de características románticas a su CEO.
Es un hombre que dirige una de las empresas más poderosas del planeta. Un hombre que tomó decisiones empresariales. Un hombre que podía escoger entre determinadas alternativas y que, según los hechos que la película dramatiza, permitió que determinados problemas continuaran cuando eran perjudiciales para sus usuarios pero beneficiosos para el crecimiento y la interacción dentro de la plataforma.
Mark Zuckerberg no es un ser superior con un cerebro privilegiado, es una persona que ha llegado muy arriba pisando a la gente que le rodea, copiando ideas y tomando decisiones por su beneficio aunque dañaran a la sociedad. No es un Sheldon Cooper. Parece que no podamos representar este tipo de personajes de forma «normal», mediocre, o común. Y aunque el cine no es un educador en sí, tiene peso en la cultura popular y debe tener una responsabilidad si la película tiene aires de documentar un hecho real que sucedió y quiere claramente lanzar un mensaje social. El peligro de estas personas no es que sean especiales o genios, es que tienen mucho poder y muy poca ética.
Una película sobre la manipulación
La palabra que mejor define El precio de la red es probablemente «manipulación». Facebook no aparece como una plataforma neutral que simplemente muestra aquello que sus usuarios quieren ver. Aparece como un sistema que aprende qué genera interacción y que, en determinados contextos, puede terminar favoreciendo contenidos que generan indignación, miedo, enfrentamiento o radicalización.

Y tampoco se salva el periodismo porque El precio de la red entiende que el cuarto poder tiene una función fundamental para destapar aquello que las grandes compañías quieren ocultar, pero también muestra que los periodistas tienen sus propios intereses. Hay una lucha por conseguir la entrevista, por publicar primero, por obtener el titular. Hay ego. Hay presión. Hay una competición constante. Y eso no invalida el fondo del trabajo periodístico, pero también hay juego de poder.
El mundo, la política, el trabajo y las interacciones sociales son complejos y no se salvan de la manipulación. Sorkin lo entiende y lo muestra, aunque sea de manera sutil, en todas las áreas.
Frances Haugen y la importancia de dar la cara
La historia de Frances Haugen es probablemente la parte que más justifica la existencia de esta película. Haugen no se limitó a filtrar documentos desde el anonimato. Terminó haciendo algo mucho más arriesgado: dar la cara públicamente y comparecer ante el Senado estadounidense para hablar sobre lo que había descubierto.
Los documentos internos que proporcionó ayudaron a alimentar la investigación de Horwitz y del Wall Street Journal, que publicó en 2021 los «Facebook Files», una serie de investigaciones sobre los efectos de Facebook, especialmente entre los jóvenes, y sobre el conocimiento que la compañía tenía de determinados problemas de su plataforma.
Hay una frase que aparece implícita durante buena parte de la película y que resulta especialmente pertinente: «Si haces esto, nunca volverás a trabajar». Es uno de los mecanismos de intimidación más antiguos que existen. No necesitas amenazar directamente a alguien. Basta con recordarle que tú tienes poder y que su futuro profesional depende de no enfrentarse a ti.
Pero la historia de Haugen demuestra precisamente lo contrario. Cuando alguien sale públicamente a denunciar prácticas que considera perjudiciales, puede perder una carrera, pero también puede empezar otra. Puede adquirir una plataforma que antes no tenía. Puede conseguir que miles o millones de personas escuchen aquello que antes solo conocían unos pocos empleados. Y así se ha demostrado en determinados sectores en los últimos años, como a raíz del Me too.
Haugen convirtió su denuncia en su nueva profesión pública. Y ahí hay una de las ideas más poderosas de la película: las personas que ocupan posiciones de poder no deberían tener la capacidad de decidir quién puede hablar y quién no.
El mensaje que llega del mundo real
El precio de la red no tiene el factor sorpresa de La red social, ni probablemente pretende tenerlo. Aquella película hablaba de cómo nació Facebook; esta habla de lo que Facebook llegó a ser.
Es una película sólida, muy bien interpretada por Mikey Madison y Jeremy Allen White, visualmente impecable y con ese ritmo marca de la casa que hace que dos horas de reuniones, periodistas, documentos y ejecutivos tecnológicos puedan resultar sorprendentemente entretenidas.
Su principal defecto es también uno de sus temas: al intentar desmontar el mito de Zuckerberg, acaba alimentándolo en algunos momentos.
Pero cuando la película deja de mirar al hombre y mira a la estructura, funciona extraordinariamente bien. Porque Facebook ya no puede contemplarse como aquella plataforma revolucionaria de 2010. Incluso en ese momento ya se sabía que la red social manipulaba y estaba diseñada para enganchar y guardar datos. Pero el retrato de esa fase de la compañía y de un joven CEO aún en la universidad es bastante más amigable que representar la parte más oscura y que no ha llegado a todos los oídos.
Por eso, si esta película sirve para que los espectadores busquen por curiosidad el nombre de Frances Haugen y descubrir dónde está ahora y la importancia de lo que hizo, o estar más alerta de los peligros de las redes sociales, tanto para uno mismo como para educar a los jóvenes, ver esta cinta vale la pena.
Agradecemos a Sony Pictures la invitación para asistir al pase de prensa.
El precio de la red
Una película impecable en su cinematografía e interpretaciones que debes ver si no conoces los peligros de las redes sociales si logras aguantar la presencia de Mark Zuckerberg.









