Nintendo se ha atrevido a traer de vuelta a The Legend of Zelda: Ocarina of Time uno de los títulos más emblemáticos, no solo de la saga Zelda, sino de la historia de los videojuegos. Y es que, casi 30 años después de su lanzamiento original y 15 años después de su remake para Nintendo 3DS, toca volver a tocar la ocarina y emprender un viaje inolvidable por uno de los mundos más influyentes de los videojuegos. Solo que esta vez no es Link quien viaja a través del tiempo, sino nosotros mismos.
Hoy, en Chicas Gamers, tenemos el placer de intentar haceros de guía por Hyrule. Así que acompañadnos, porque es peligroso ir solo.
Hay obras —porque me vais a permitir que utilice el término «obra» y no simplemente videojuego— cuyo valor no reside únicamente en lo que ofrecen como producto, sino también en lo que aportan a toda una industria. Y esa segunda dimensión no siempre puede apreciarse de forma inmediata. Es necesario dejar pasar el tiempo, observar su influencia y comprender hasta qué punto han cambiado la manera de entender los videojuegos. Ese es precisamente el caso de The Legend of Zelda: Ocarina of Time.

Sin ánimo de dar una masterclass, creo que cuando analizamos un título como éste no debemos dar por hecho que todos conocemos su historia o el contexto en el que nació. Por eso, me parece de recibo detenernos un momento y ofrecer algo de perspectiva, especialmente para quienes os acercáis por primera vez a la saga o simplemente queréis entender por qué mencionar Ocarina of Time sigue teniendo un peso tan especial.
Y qué mejor manera de hacerlo que recuperando las palabras de Hidemaro Fujibayashi, actual productor de la saga, quien recientemente recordaba su primera experiencia con el juego y el revolucionario sistema de fijación de objetivos conocido como Z-Targeting:
«Cuando jugué y experimenté por mí mismo el Z-Targeting, recuerdo que me impresionó y pensé: “Así es como consiguieron superar aquel desafío”»
Y es que, en 1998, en pleno auge de las tres dimensiones, Nintendo dio un paso decisivo en la manera de entender la jugabilidad en entornos 3D. El Z-Targeting, que permitía fijar enemigos y mantenerlos enfocados durante el combate, junto con un ingenioso sistema de cámara, ayudó a establecer algunas de las convenciones que seguimos utilizando hoy en día. A ello se sumaba un diseño de niveles que aprovechaba la profundidad y la verticalidad de los escenarios para plantear desafíos que iban mucho más allá de lo que habíamos conocido hasta entonces. Pero sobre esto ya tendremos ocasión de profundizar más adelante.

Y tampoco podemos olvidar su dimensión narrativa (tranquilos, que ya llegamos a mi terreno). Porque «Ocarina of Time» también supuso un importante salto en la manera de contar historias dentro de la saga. Veníamos de aventuras bidimensionales como A Link to the Past o Link’s Awakening, y Nintendo comenzaba a explorar una puesta en escena mucho más cinematográfica, donde los movimientos de cámara, las expresiones de los personajes y la propia construcción de Hyrule contribuían a transmitir emociones sin necesidad de recurrir constantemente a los diálogos.

Pero todo eso pertenece al pasado. Un pasado que conviene conocer para comprender la trascendencia de esta obra, aunque nuestro verdadero propósito sea descubrir qué tiene que ofrecernos hoy.
Así que, al igual que Link, ha llegado el momento de tocar la ocarina y viajar en el tiempo. Solo que nuestro destino no es el pasado, sino 2026.
Veamos cómo se encuentra Hyrule casi treinta años después.
La inocencia de un niño y la voluntad de cambiar el mundo
«Érase una vez un niño llamado Link…». Y resulta especialmente emocionante escribir estas palabras porque podrían hablar tanto de Link como de todos aquellos que jugaron al Ocarina of Time original y hoy regresan a Hyrule.
Pero tranquilos, que el juego tenga casi treinta años no significa que vaya a dar por hecho que todos conocéis sus giros y secretos. Quienes me conocéis sabéis que me gusta hablar más de cómo una obra cuenta su historia que de la historia en sí. Porque las historias no merecen ser contadas, sino descubiertas, y eso os corresponde a vosotros.

Link es un niño que vive en la aldea Kokiri, hogar de los niños del bosque. Sus habitantes rara vez abandonan sus dominios y, para el resto del mundo, su existencia está rodeada de leyendas. También son conocidos como los niños hada, ya que cada kokiri cuenta con un hada guardiana asignada por el Gran Árbol Deku. Solo hay un pequeño detalle: Link no tiene ninguna. Es el único niño del bosque que carece de ella.
Antes de convertirse en una leyenda, Link era simplemente un niño que ni siquiera sabía cuál era su lugar en el mundo
Nuestra aventura comienza precisamente cuando el Gran Árbol Deku envía al hada Navi en busca de Link, quien en ese momento está teniendo una inquietante pesadilla. En ella contempla cómo una misteriosa figura rapta a una joven desconocida huyendo a caballo de un castillo. Navi interrumpe aquel sueño y lo conduce ante el Gran Árbol Deku, quien le revela que una maldición lo está consumiendo desde su interior y necesita su ayuda para liberarse de ella.
Link acepta sin dudarlo y se adentra en la que será la primera de muchas mazmorras que visitará a lo largo de su aventura.

Porque sí, como sucede en muchas grandes historias, lo que comienza siendo una sencilla petición de ayuda acaba transformándose en una epopeya que llevará a nuestro pequeño héroe mucho más allá de los límites del bosque que siempre ha considerado su hogar. Y hasta aquí os voy a contar, porque lo verdaderamente «fascinante» de Ocarina of Time no reside únicamente en los acontecimientos que narra, sino en cómo consigue que los vivamos.
Las grandes aventuras no son aquellas que simplemente nos cuentan una historia, sino las que consiguen hacernos sentir parte de ella
Nintendo construye su aventura desde la mirada inocente de un niño que todavía desconoce la magnitud del mundo que lo rodea. Y lo hace mediante una narrativa que no necesita recurrir constantemente a largos diálogos o explicaciones para transmitir lo que está sucediendo. Son los propios escenarios, los personajes que conocemos y los cambios que experimenta Hyrule los que van dando forma al relato.

Y es que el paso del tiempo no es simplemente un recurso argumental, sino una parte esencial de la experiencia. Una herramienta narrativa que transforma nuestra relación con el mundo y con quienes lo habitan. Lugares que creíamos conocer adquieren nuevos significados y situaciones aparentemente insignificantes terminan cobrando una importancia que no habíamos imaginado.
Pero hay algo especialmente interesante en la manera en que «Ocarina of Time» desarrolla su historia: Nintendo no parece tener prisa por contárnosla. Nos permite explorar, conversar con sus habitantes, descubrir pequeñas historias y familiarizarnos con un mundo que poco a poco sentimos como nuestro. Y cuando la aventura avanza, todo aquello que hemos vivido cobra una dimensión diferente.

Quizá ahí resida uno de sus mayores aciertos narrativos. «Ocarina of Time» no se limita a contarnos una historia sobre crecer, sino que encuentra la manera de hacernos partícipes de ese crecimiento.
Una aventura que habla de la inocencia, del valor, de las responsabilidades que llegan antes de que estemos preparados para asumirlas y de cómo el paso del tiempo puede transformar nuestra manera de contemplar un mismo mundo.
Cuando jugar se convierte en instinto
La naturalidad de sentirse Link
Y esa forma de hacernos partícipes de la aventura, de sentirnos como el propio protagonista, no está presente únicamente en la narración, sino también en la jugabilidad. De hecho, el propio nombre de Link representa esa conexión entre el jugador y el videojuego. Link es nuestro enlace con Hyrule.
Bastan unos minutos en el bosque Kokiri, donde comienza nuestra aventura, para empezar a familiarizarnos con sus mecánicas. Y lo hacemos de una manera tan natural que apenas somos conscientes de que estamos aprendiendo. Esta es una de las grandes virtudes del título de 1998 que sigue plenamente vigente en 2026: Ocarina of Time nos enseña a través del propio entorno.

No son pocos los videojuegos que, todavía hoy, interrumpen la acción para explicarnos sus mecánicas mediante tres o cuatro cuadros de diálogo. Y ojo, no digo que esté mal, pero Nintendo hace algo que a mí me parece mucho más divertido. Porque no es lo mismo que te digan que puedes saltar pulsando el botón X a que te coloquen un montón de rupias desperdigadas por unas plataformas en mitad de un lago. En el segundo caso nadie ha tenido que detener la aventura para explicarnos nada.
Estamos jugando, experimentando y descubriendo por nosotros mismos cómo funciona el mundo. Y cualquier pedagogo os diría que pocas cosas funcionan mejor para aprender que hacerlo mediante la propia experiencia.

La filosofía jugable de «The Legend of Zelda» lleva cuatro décadas evolucionando, pero hay algo que permanece prácticamente intacto: esa invitación constante a explorar, experimentar y descubrir. Link dispone de una variedad de acciones, como atacar, cubrirse o interactuar con el entorno, a las que esta nueva versión incorpora novedades tan interesantes como la posibilidad de saltar libremente, algo que no podíamos hacer en el original de Nintendo 64.
En The Legend of Zelda, descubrir una nueva herramienta no solo amplía lo que podemos hacer, sino también lo que somos capaces de imaginar
A medida que avanzamos, iremos consiguiendo nuevas herramientas y objetos que introducen mecánicas adicionales y amplían nuestras posibilidades de exploración. Y aquí es donde empieza una de las cosas que más caracterizan a The Legend of Zelda: sus escenarios funcionan como enormes puzles, como engranajes cuidadosamente diseñados para que los explores, regreses a ellos, experimentes y descubras nuevas posibilidades. Hasta que llega ese momento tan satisfactorio en el que exclamas: «¡Ostras, pero si esto siempre estuvo ahí!».

Para quienes os acerquéis por primera vez a Ocarina of Time, aquí no encontraréis un mundo abierto como el de Breath of the Wild o Tears of the Kingdom, sino una serie de zonas interconectadas, algunas bastante amplias, que iremos descubriendo a medida que avance nuestra aventura. Nuevos caminos, nuevas herramientas y, por supuesto, nuevas mazmorras.
Y aquí quiero detenerme un momento, porque cuando terminé la primera mazmorra hubo una idea que no conseguía quitarme de la cabeza: este remake reproduce prácticamente uno a uno el diseño de un videojuego de 1998. Y lo verdaderamente sorprendente es que, casi treinta años después, sigue funcionando extraordinariamente bien.
Un diseño que no entiende de generaciones
Cuando Nintendo anunció el regreso de Ocarina of Time, no me planteé demasiado cómo abordaría el gigante japonés semejante responsabilidad. Y no fue hasta terminar la primera mazmorra cuando, hablando con una amiga que está descubriendo esta aventura por primera vez y con la que comparto mis progresos a través de GameChat, caí en la cuenta de algo: el diseño del juego apenas había cambiado.
Inmediatamente le pregunté cómo estaba sintiendo sus mecánicas, cómo era el gamefeel, y me habló de naturalidad, exploración y diversión. Y ahí me quedé pensando. Nintendo había concebido casi treinta años atrás una fórmula que, en sus fundamentos, no había necesitado reinventarse para seguir funcionando.

Y me parece de recibo detenernos aquí un momento, porque cuando jugamos a una obra en su época no siempre somos conscientes de la trascendencia que puede llegar a tener. Juegas, disfrutas y sigues adelante. Pero es el paso del tiempo el que termina revelando el poso que ha dejado, y el de Ocarina of Time es digno de mención.
Ya hemos hablado de cómo el juego nos enseña a través de la propia experiencia, pero hay algo todavía más interesante: cómo utiliza el diseño de sus escenarios para despertar nuestra curiosidad. Y ojo, que esto tampoco era una idea completamente nueva en 1998. Basta con remontarnos al primer Super Mario Bros., cuyo diseño de niveles sigue utilizándose como ejemplo de aprendizaje intuitivo. La diferencia es que Ocarina of Time trasladó esa filosofía a una aventura tridimensional mucho más compleja, construyendo Hyrule como un inmenso playground que nos invita constantemente a explorar.

Y esa forma de dirigir al jugador sin llevarlo de la mano sigue estando presente en títulos contemporáneos como Breath of the Wild o incluso Elden Ring. Sí, Elden Ring. No estoy diciendo que Ocarina of Time sea un soulslike, ni mucho menos, pero la obra de FromSoftware comparte esa capacidad de despertar nuestra curiosidad mediante el propio escenario. Una estructura que llama nuestra atención en el horizonte, un camino que parece conducir a algún lugar interesante o un objeto colocado estratégicamente pueden ser suficientes para invitarnos a investigar. No hace falta que nadie nos diga constantemente adónde debemos dirigirnos.
El mejor diseño de niveles no es aquel que te muestra el camino, sino el que consigue que disfrutes encontrándolo por ti mismo
Y luego están las mazmorras, que son prácticamente una lección de diseño por sí mismas. Cada una funciona como un enorme puzle donde las habitaciones, los mecanismos y las herramientas que vamos encontrando forman parte de un mismo engranaje. No se trata simplemente de buscar códigos para abrir candados, sino de observar, experimentar y comprender cómo se relacionan los distintos espacios. A veces la solución estaba delante de nosotros desde el principio, pero todavía no teníamos los conocimientos o las herramientas necesarias para reconocerla.
Y cuando finalmente encajan todas las piezas, cuando comprendes cómo funciona aquello que llevabas un buen rato intentando resolver, te sientes el rey del mundo.
La otra protagonista de la aventura
Y muchas de las piezas de ese puzle gigantesco que es Ocarina of Time tienen un elemento en común: la ocarina.
¿O pensabais que íbamos a terminar el apartado de jugabilidad sin hablar de la otra protagonista del título? The Legend of Zelda siempre ha mantenido una relación muy especial con la música, pero aquí va un paso más allá, convirtiéndola en una mecánica fundamental de la aventura.

Desde bien temprano, Link dispone de una ocarina un tanto especial con la que iremos aprendiendo diferentes melodías capaces de provocar determinados efectos sobre el mundo que nos rodea. Podemos hacer que llueva, cambiar de la noche al día o incluso acceder a lugares que parecían estar fuera de nuestro alcance. Y aquí volvemos a esa filosofía de diseño que tanto me gusta: conseguir una nueva melodía puede hacer que regreses a un camino por el que has pasado doscientas veces y te preguntes: «¿Y si…?». Y entonces lo pruebas. A veces no ocurrirá absolutamente nada y te quedarás con cara de pan, pero cuando funciona… amigo, eres el rey del mundo.
En Ocarina of Time, la música no solo acompaña nuestra aventura. Es una de las formas que tenemos de transformar Hyrule
Y vamos a ser justos, porque antes hemos hablado de una recreación prácticamente uno a uno del original y tampoco podemos ser tan categóricos. Lo siento, me toca rectificar. Esta vez podemos tocar la ocarina tarareando, silbando o cantando las melodías a través del micrófono de Nintendo Switch 2. Sí, tú, desde casa. Así que prepárate una infusión con camomila y a ver esos tonos. Y si tienes una ocarina de verdad, también puedes utilizarla. Porque ya que nos ponemos, nos ponemos bien.

Pero tampoco estamos solos durante nuestra aventura. Y no, esta vez no me refiero a Navi, nuestra insistente y entrañable compañera, sino a Zelda Notes, una herramienta complementaria a la que podemos acceder desde la aplicación Nintendo Switch de nuestro teléfono móvil.
A través de ella encontramos una especie de centro de operaciones de Ocarina of Time, donde consultar estadísticas, logros y diferentes datos de nuestra partida. Una de sus funciones más interesantes es un mapa interactivo que muestra nuestra ubicación en tiempo real y nos permite consultar información sobre cofres, coleccionables y otros secretos repartidos por Hyrule. Incluso puede ofrecernos pequeñas pistas sobre lo que necesitamos para conseguirlos.

Volviendo al juego, aunque los menús mantienen buena parte de la estructura del original, encontramos una incorporación especialmente bonita: la cronología. Una especie de diario que nos va narrando los acontecimientos de la aventura como si estuviéramos leyendo un cuento de hadas. Y lo mejor es que, conforme completamos sus diferentes capítulos, vamos revelando un enorme tapiz de inspiración medieval que ilustra nuestra propia leyenda.
Y es que hasta algo tan sencillo como un registro de objetivos ha recibido un tratamiento artístico precioso. Pero claro, si hasta ahora hemos hablado largo y tendido sobre su jugabilidad, agarraos, que se vienen curvas con el apartado artístico.
Hyrule cobra vida como siempre lo habías soñado
Si hay algo que recuerdo especialmente de mi primera partida a Ocarina of Time en Nintendo 64 es la inmensidad con la que imaginaba Hyrule. Porque seamos justos, a finales de los noventa Nintendo tenía que hacer auténtica magia para representar un mundo de fantasía con cuatro polígonos y medio. Pero ahí estábamos nosotros, completando con nuestra imaginación todo aquello que la tecnología todavía no podía mostrarnos.
Y creo que esa es precisamente una de las mayores virtudes de esta nueva versión: no se limita a reconstruir el Hyrule de 1998, sino que parece haber conseguido materializar aquel que imaginábamos cuando éramos pequeños.

Desde los primeros minutos en el bosque Kokiri resulta difícil no quedarse embobado contemplando los escenarios. La frondosidad de los árboles, la densidad de la vegetación, las pequeñas flores que crecen entre la hierba o esa delicada neblina que envuelve el bosque y filtra los rayos de luz construyen una atmósfera que parece sacada de un cuento de hadas. Y os aseguro que no exagero cuando digo que durante mis primeras horas tuve que detenerme constantemente para observar detalles que, en cualquier otro videojuego, probablemente me habrían pasado desapercibidos.
El mayor logro de este nuevo Hyrule no es mostrarnos cómo era aquel mundo, sino cómo lo veíamos cuando éramos niños
Pero lo realmente sorprendente no es únicamente la cantidad de elementos que aparecen en pantalla, sino el cuidado con el que están representados. Las texturas de los tejidos, los materiales y la manera en que reaccionan a la iluminación alcanzan un nivel de detalle extraordinario, sin renunciar a esa identidad visual tan particular de The Legend of Zelda, que encuentra un equilibrio precioso entre lo caricaturesco y lo realista.
Y si el bosque Kokiri consigue dejarnos con la boca abierta, la llegada a la Ciudadela de Hyrule es otro de esos momentos memorables. Aquel escenario que en Nintendo 64 dependía de fondos pre-renderizados se presenta ahora lleno de color, arquitectura medieval y una vitalidad que consigue hacernos sentir que estamos recorriendo una ciudad de verdad.

Sin embargo, sería injusto atribuir todo este resultado únicamente a la potencia gráfica. La puesta en escena es considerablemente más cinematográfica, con movimientos de cámara, composiciones e iluminación que enriquecen la narración. Incluso durante las conversaciones encontramos sutiles acercamientos de cámara y efectos de profundidad de campo que desenfocan el entorno para dirigir nuestra atención hacia los personajes. Porque cuando un escenario está tan cargado de información visual, saber dónde debe mirar el jugador resulta tan importante como decidir qué mostrarle.

Y claro, ¿cómo íbamos a hablar del apartado artístico de Ocarina of Time sin detenernos en su música? La banda sonora de Koji Kondo es inseparable de la identidad de esta aventura y esta nueva versión recupera sus melodías incorporando arreglos instrumentales que aportan nuevos matices sin hacerles perder su personalidad. Recuerdo especialmente los primeros instantes en el bosque Kokiri, cuando unos delicados arreglos de cuerda acompañaban una melodía que conocía perfectamente. Son cambios sutiles, pero que quienes llevamos décadas escuchando estas composiciones percibimos inmediatamente.
Y aquí volvemos a esa misma sensación que experimentamos con el apartado visual: la música parece sonar como siempre la habíamos imaginado.

El tratamiento sonoro también acompaña esa nueva ambición narrativa, con un doblaje en español que aporta personalidad a los personajes. Especialmente acertada me parece Navi, que conserva ese punto insistente y ligeramente molesto que todos recordamos de su inolvidable «Hey! Listen!». Porque seamos sinceros, una Navi que no resultase un poquito pesada tampoco sería nuestra Navi.
Al final, lo que más me impresiona de este apartado no es que Ocarina of Time haya conseguido presentar un Hyrule mucho más elaborado, ni siquiera que su puesta en escena alcance semejante nivel de espectacularidad. Es que, a pesar de todos esos cambios, sigo reconociendo el mundo del que me enamoré hace casi treinta años. Y quizá ese sea el mayor logro artístico de esta reinterpretación: conseguir que todo resulte nuevo sin dejar de sentirse familiar.
The Legend of Zelda: Ocarina of Time es una leyenda que nos trasciende
Y os voy a ser sinceros. Con permiso de mi editora (la más guapa y benévola), voy a permitirme unas líneas un poquito más personales de lo habitual.
Siempre intento ser lo más objetivo posible dentro de la subjetividad inevitable que supone analizar una obra. De hecho, es un debate que me encanta mantener con mis compañeros redactores. Pero enfrentarse a Ocarina of Time me ha resultado especialmente complicado. Me emociona, me abruma y, por qué no decirlo, me da un poquito de miedo. Porque hay obras que significan tanto para uno mismo y para tanta gente, que no sé muy bien cómo abordarlas. Y precisamente por eso he intentado hacerlo desde la humildad y con un respeto enorme.

Porque vamos a dirigirnos al elefante en la habitación: este juego es un diez
Y os prometo que he intentado mirarlo con lupa. Tanto que he tenido que recurrir a los análisis técnicos de Digital Foundry para comprender cómo demonios consigue Nintendo Switch 2 mover semejante barbaridad. Y sí, hay algún que otro diente de sierra, especialmente si eres un neurótico como yo y te dedicas a mover la cámara para examinar cada hoja de los setos del castillo de Hyrule. También encontramos pequeñas concesiones técnicas para mantener una fluidez cercana a los 60 FPS. Pero, sinceramente, tampoco sé hasta qué punto iba a darme cuenta de todo eso mientras estaba llorando de lo bonito que es Hyrule.
Adorar una obra no significa ser incapaz de encontrar sus defectos, sino reconocerlos sin olvidar todo aquello que la hace extraordinaria
También he intentado encontrar las huellas que el paso del tiempo pudiera haber dejado sobre su diseño de juego. Y lo siento, pero apenas las he encontrado. Algunas situaciones de las mazmorras pueden resultar más sencillas gracias a la libertad de la cámara y a las nuevas posibilidades de movimiento, pero nada que comprometa una estructura jugable que sigue funcionando de manera extraordinaria casi treinta años después.

Y aun así, durante buena parte de este análisis he tenido que convivir con una pregunta que no dejaba de rondarme la cabeza: ¿está hablando el analista o está hablando aquel niño que descubrió Hyrule por primera vez?
Pero creo que hay algo a lo que sencillamente no puedo ponerle una nota. Y es a la capacidad que tiene una obra para cambiarte la vida.
Porque no he dejado de pensar en lo que significó Ocarina of Time para mí, en cómo me ha acompañado durante todos estos años y en todas las cosas que han cambiado desde aquella primera partida. Cuando era pequeño, vi cómo Link sacaba la Espada Maestra y despertaba convertido en adulto, en un mundo que seguía siendo el mismo, pero que ya no se sentía igual.

Y ahora, casi treinta años después, he vuelto a Hyrule y he comprendido algo: esta vez quien ha viajado en el tiempo he sido yo.
He regresado para reencontrarme con una parte de mi infancia, con quien fui y con el adulto que soy. Pero mientras escribo estas líneas, pienso que quizá haya alguien que esté descubriendo Hyrule por primera vez. Alguien para quien esta aventura podría convertirse en uno de esos recuerdos que le acompañen durante el resto de su vida, como me ha ocurrido a mí. Y eso me infunde un respeto tremendo por esta obra. Me abruma cuando lo pienso, pero también me hace inmensamente feliz.

Porque quizá ahí resida la verdadera grandeza de The Legend of Zelda: Ocarina of Time. En que, independientemente de cuándo lo descubras, sigue teniendo la capacidad de sorprenderte, emocionarte y dejar una huella que va mucho más allá de sus créditos finales.
Por eso, en 1998, en 2011 y ahora, en 2026, sigo pensando que estamos ante una obra maestra.
The Legend of Zelda: Ocarina of Time está disponible desde el 4 de noviembre de 2026 para Nintendo Switch 2. Hemos tenido el inmenso placer de analizarlo gracias a un código de prensa facilitado por Nintendo.
Y permitidme una última cosa.
Ojalá el Naota niño pudiera leer estas últimas líneas.
The Legend of Zelda: Ocarina of Time
The Legend of Zelda: Ocarina of Time regresa convertido en una auténtica obra maestra. Nintendo consigue modernizar uno de los videojuegos más influyentes de la historia con un apartado audiovisual extraordinario, una puesta en escena cautivadora y un diseño jugable que demuestra seguir siendo brillante casi treinta años después. Una aventura que no solo hace justicia a su legado, sino que conserva intacta su capacidad de sorprender, emocionar y marcar a nuevas generaciones de jugadores. Un imprescindible que trasciende el tiempo.
Lo mejor
- Su diseño de niveles
- El apartado gráfico es impresionante
- El doblaje en español
Lo peor
- Aún estoy buscando algo malo
-
Historia
-
Jugabilidad
-
Apartado artístico
-
Apartado sonoro




