Tras el episodio 3 de la temporada 3 de La Casa del Dragón, seguimos cubriendo los capítulos y trayéndote la crítica sin spoilers antes del estreno.
El dilema de la corona
A estas alturas de la temporada, resulta casi imposible desgranar los acontecimientos sin caer en el terreno de los spoilers. Por ello, lo más estimulante es dar un paso atrás y centrarse en el denso factor psicológico que mueve las piezas de este tablero de ajedrez dinástico, un motor que en este cuarto episodio alcanza su punto de ebullición.
El eje central sigue siendo Rhaenyra Targaryen, atrapada bajo una prensa de expectativas asfixiantes. Además, la procedencia de sus hijos es juzgada por gente importante para ella y parece sentirse más sola que nunca.
La relación entre Rhaenyra y Daemon
No solo debe lidiar con la presión de ser la reina que sus consejeros exigen, sino con la sombra de un Daemon con el que ha construido una dinámica peculiar. Lejos queda la pasión de antaño; ahora se comportan como una suerte de Beyoncé y Jay-Z de Poniente. Su unión ya no se percibe como una relación sentimental, sino como una sociedad de negocios hipercalculada, una alianza de marcas poderosas donde el afecto ha sido sustituido por la fría necesidad de supervivencia política.
Este episodio pone el dedo en la llaga de un dilema desgarrador para Rhaenyra: la disyuntiva entre ser la monarca que el pueblo necesita en el presente o transformarse en la reina que se le exige (una figura implacable que se haga respetar a base de fuego y sangre).
Una trama digna de Juego de Tronos
Sin embargo, el pueblo no está en su mejor momento, y las costuras del reino empiezan a romperse por el hambre y el miedo. Para colmo de males, la corte de los Negros no está a salvo; el misterioso invitado de los reyes disfruta de su estancia en palacio, pero bajo su cortesía empiezan a vislumbrarse sus verdaderas e inquietantes intenciones. Se plantan así las semillas de lo que promete ser una red de mentiras, traiciones y sorpresas devastadoras.
En el bando Verde, el sufrimiento no cesa. Alicent Hightower continúa su calvario particular por el destino de sus vástagos, volcando un cuidado casi obsesivo en Helaena, especialmente cuando Rhaenyra está presente (o su alargada sombra acecha). Es un recordatorio constante de la fragilidad de su estirpe.
Al final, este episodio nos obliga a mirar el panorama completo y admitir que aquí no hay santos. Sí, toda esta guerra estalló por un malentendido de Alicent, o quizás desde el momento en que aceptó entregarse al padre de su antigua amiga, y es cierto que malcrió a sus hijos hasta convertirlos en los típicos tiranos consentidos. Sendo además uno de ellos quien derramó la primera sangre.
Pero Rhaenyra tampoco ha sido perfecta: su egocentrismo adolescente mutó en una madurez donde a menudo se deja llevar por la soberbia de su posición. El conflicto escaló de forma irreversible cuando ambas intentaron proteger a sus propios hijos.
El gran momento de este capítulo es que Rhaenyra decide qué tipo de reina elige ser.
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- Crítica La casa del Dragón Temporada 3 Episodio 1 – Salt and Sea, Fire and Blood
- Crítica La Casa del Dragón Temporada 3 Episodio 2 – The Red Dragon and the Gold
- Crítica La Casa del Dragón Temporada 3 Episodio 3 – Rhaenyra Triumphant
- Crítica La Casa del Dragón Temporada 3 Episodio 4
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